La musa oscura (fragmento)Armin Öhri

La musa oscura (fragmento)

"Julius dedicó buena parte de la noche a darle el toque final a los dibujos. Tras levantarse de la mesa y subir a su cuarto, se aseguró de que cerraba la puerta con llave. Nadie debía entrar en la habitación por descuido mientras él juntaba los esbozos de su modelo desnuda en un único dibujo.
Extendió su trabajo en el suelo, eligió los retratos que mostraban la figura de Adele al completo como imagen de fondo para colocar encima el resto de los esbozos. Habría cuatro dibujos: Adele tumbada de espaldas con las piernas abiertas, Adele en la silla de mimbre, Adele apoyada en la pared y Adele desde atrás, con las nalgas mirando hacia el espectador. A Julius ya solo le quedaba completar las zonas sombreadas a vuelapluma.
Ordenó las imágenes, de precisión naturalista, las asignó al retrato al que correspondían y se dispuso a copiarlas cuidadosamente. Los espacios en blanco fueron rellenándose poco a poco y se fundieron en un cuerpo femenino de firmeza impecable. Una vez completada su obra, una excitación desconocida se apoderó del dibujante. Se levantó y dio dos pasos hacia atrás para contemplar a la cuádruple Adele que se mostraba ante sus ojos.
Abrió apresuradamente un cajón de su escritorio y rebuscó un dibujo a grafito de Filine que había hecho un par de meses atrás. Sobre el papel, su amiga tenía la misma expresión facial que Adele. En un arrebato desenfrenado copió los dibujos que había hecho para Bissing y solo cuando una torre cercana dio las cuatro de la mañana, soltó por fin el lápiz. Si bien la reproducción resultante no era más que una quimera, el simple reflejo de un deseo, estaba dotada de tanta plasticidad y realismo que habría podido decirse que Filine en persona había posado para él. Había representado un híbrido entre la cabeza de su amada y el cuerpo de la impúdica mujerzuela.
Bentheim miró alternativamente a Adele y a Filine. Se llevó la mano a la entrepierna con deseo impetuoso y la empezó a deslizar arriba y abajo.
Julius durmió hasta última hora de la mañana. Como aquel día no había sesión del juicio, se había propuesto volver a llevar de paseo a Filine. La carta de Fanny Lewald que le entregaron durante la comida fue de lo más oportuna.
[...]
Las monedas tintinearon con fuerza al caer en la palma extendida del chico, que estaba radiante de felicidad. Dio las gracias con cortesía y se retiró. Krosick estaba a punto de girar la manilla cuando alguien lo hizo desde el otro lado. Amalia Losch se encontraba en el vestíbulo. Llevaba uno de sus sombreros de seda, pero esta vez su brillo colorido no disimulaba el tono blanco porcelana de su rostro. La anciana miró consternada en dirección a un punto que quedaba muy por encima de Albrecht. "



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