El libro de las pruebas (fragmento)John Banville

El libro de las pruebas (fragmento)

"En el pasillo no había nadie. El teléfono sonaba con picajosa insistencia. Aún lo oí al bajar la escalinata. Obviamente, el taxi ya no estaba. Maldije y eché a andar por la calzada, cojeando sobre el terreno pedregoso con mis zapatos españoles de suela delgada. El sol bajo me dio de lleno en la cara. Cuando me volví para mirar la casa las ventanas estaban en llamas y parecían burlarse de mí. Empecé a sudar, lo que atrajo a las moscas enanas. Volví a preguntarme qué me había impulsado a visitar Whitewater. Conocía la respuesta, era evidente. Lo que me atrajo fue el olor del dinero, del mismo modo que el olor a sudor atrajo a esas condenadas moscas. Me vi como si estuviera en una de esas ventanas inflamadas por el crepúsculo, merodeando en medio del polvo, acalorado, desencajado y excedido en peso, con la cabeza gacha y la gruesa espalda inclinada, con el traje blanco arrugado en las axilas y combado en el culo, una figura de risa, la gracia de un mal chiste, y de pronto me dominó la pena por mí mismo. ¡Jesús! ¿No había nadie dispuesto a ayudarme? Hice un alto y eché una atribulada mirada a mi alrededor, como si un benefactor se ocultara en la arboleda. El silencio contenía una sensación de amortiguado refocilo. Reemprendí la marcha, oí motores y al cabo de unos minutos una enorme limusina negra rodeó la curva, seguida de un deportivo rojo y aerodinámico. Avanzaban a paso majestuoso, la limusina se balanceaba delicadamente sobre los amortiguadores y durante unos segundos pensé que se trataba de un cortejo fúnebre. Subí al borde del césped y seguí andando. El chófer de la limusina, un hombre voluminoso y de pelo corto, estaba erguido y vigilante, y rodeaba con manos leves el borde del volante como si fuese un proyectil al que podía quitar las amarras y arrojar con letal puntería. A su lado viajaba una figura encorvada y encogida; cuando el coche pasó a mi lado vislumbré un ojo oscuro, un cráneo con manchas que denotaban un hígado enfermizo y enormes manos apoyadas la una sobre la otra en el pomo de un bastón. Una rubia de gafas oscuras conducía el deportivo. Nos miramos con huero interés, como extraños, cuando pasó a mi lado. Por supuesto, la reconocí. "


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