El trabajo del dibujante (fragmento)Alfred Kubin

El trabajo del dibujante (fragmento)

"Me gustaba tumbarme en algún lugar a la orilla del lago o al borde del canal, en las ciénagas, y dejaba vagar mi mirada en las profundidades translúcidas. Cuando un rayo de sol iluminaba mágicamente ese universo acuático, mi ojo avizor descubría peces, tritones, nadadores e hidrómetros que evolucionaban entre las piedras, y ese elemento misterioso me parecía entonces impenetrable. Las imágenes submarinas que han adquirido forma más tarde en mi trabajo tienen su origen, sin duda, en esas impresiones.
En torno al año 1880 vivíamos en Salzburgo —en la Schallmooser Landstrasse— ante la Linzer Tor. En aquella época, aún había pocas construcciones, mientras que hoy —desde hace ya mucho tiempo— está rodeada de mansiones. Vivíamos en una casa de un piso —aún existe en la actualidad— en medio de solares y campos. Frente a nuestra casa, había una charca cenagosa bordeada de juncos, y la inquieta matraca de sus ranas era mi diaria canción de cuna. Una noche —me había llevado a la cama mi madre o una doméstica— hubo altercados en la calle. Al mirar por la ventana, descubrimos un pandemónium que parecía dos veces más macabro en la semioscuridad. Personajes oscuros, enmascarados, se abalanzaron unos contra otros, y, después, acabaron todos huyendo entre gritos; pero, mientras un moribundo seguía debatiéndose en la ciénaga, las ranas reanudaron su quejumbroso canto, que aún hoy me entristece como lo hizo entonces. Debo admitir que todas las escenas de riñas y muertes que he dibujado son vástagos de ese inolvidable incidente. En general, todas mis criaturas caídas, mis borrachos, mis prostitutas y mendigos derivan de un pequeño número de tipos originales que ejercieron sobre mi alma infantil una impresión de una profundidad milagrosa. La mirada aguda y fría de mi padre encolerizado, la sarcástica risa del maestro a quien yo odiaba: no puedo olvidar tales impresiones, no puedo desembarazarme de ellas e intento librarme del resto de miedo que, inconscientemente, aún me habita cuando dibujo fisonomías nuevas.
Yo tenía once años cuando murió mi madre. Para mí, es como si eso hubiera tenido lugar ayer. Aún revivo la manera en cómo, después de la bendición y los sacramentos, su rostro familiar se convirtió para mí en algo maligno y extraño: sus ojos se quedaron en blanco, como en un espasmo, y la pavorosa exhalación de su último aliento ahogó nuestros sollozos de manera horrible… Más tarde, me encontré de nuevo a la cabecera de moribundos, pero lo que vi entonces no tuvo sobre mí la misma influencia que la impresión dejada por esta muerte, la primera a la que había asistido. Los numerosos cadáveres y moribundos que he dibujado en tanto que artista son, también ellos, criaturas de esos días fúnebres. "



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