Xaimaca (fragmento)Ricardo Güiraldes

Xaimaca (fragmento)

"La luz dormida del camarote, en cuya paz se bañan los muebles precarios y se desmayan los colores de las cortinas, el ambiente que en el pequeño cuarto ambulante ha creado nuestro sentir, todo lo que hay en las maderas, géneros y tapices, de pasajera e intensa intimidad, se va a alejar de nosotros como apartado por las palabras de Clara, cuya ilación expresará el resumen de su vida. Nuestros sentidos van a vivir en sordina, dando paso al privilegio de nuestra imaginación, capaz de trasladarnos en el espacio y en el tiempo.
Con voluntaria tensión auditiva avaloro los velos de emoción que, en intensidades o caídas de tono, hacen vacilar la seguridad del relato:
Una casa patriarcal. Aire triste encerrado en grandes aposentos sonoros como campanas. Institutrices, profesores de música y de artes caseras, delante de una niña de ojos claros y rodillas lastimadas de travesuras. A veces una fiesta en los hieráticos salones hace en la vida monacal un resplandor de luces. Aro de una joya sobre un traje de luto. Entonces la chica prevé una rotación de baile en los rasos crujientes, cuyos colores vivificarán la líquida indiferencia de sus iris.
Crecimiento. Veraneo en la gran quinta de Morón. Lecturas en bibliotecas de estupidez organizada, en que los sentimentalismos se amontonan so pretexto de exaltadas amistades.
Una madre cariñosa y lejana. Un padre que representa severamente el orden.
Las rodillas, afinándose, exigen que se alargue el vestido. Mayor sentimiento de soledad en el jardín, que cobra importancia por su cordialidad para con los ensueños atontados.
Una calle de plátanos, otra de paraísos, una araucaria cuya fuerza da sombra cerca de un paredón cubierto de vidrios rotos y trozos de botella. Y un lago artificial lleno de sapos y ranas que cantan a los días de lluvia o tormenta.
De pronto, un viaje a Europa. Ni amigos ni relaciones a no ser los de los padres, que politiquean y hablan desde la cima de sus cincuenta años. Las primeras inquietudes de mujer, pasadas a la pretina de mademoiselle, fea, descreída y romántica en el ridículo.
Y tan inesperada es la vuelta como la partida.
La que ya es mujer comienza la vida que deseó siendo niña: fiestas, teatros, bailes. Es una intelectual porque así lo quieren las señoras de edad, los graves políticos y algún analfabeto que trajo la noticia de Europa.
Entretanto, el cuidado paterno la mima como a un criminal. Imposible salir sin custodia, imposible tener amigos sin inmediata sospecha, imposible vivir porque una niña «debe cuidarse de espontaneidades».
Por fin, el desenlace: el matrimonio a ojos cerrados y la consiguiente tragedia de la brutalidad. "



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