La que no tiene nombre (fragmento)Jesús Fernández Santos

La que no tiene nombre (fragmento)

"A la noche intentar dormir o mejor intentar que el sueño les rindiese. Mirar arriba las constelaciones que tantas veces explicó en la escuela, llegar a la penosa conclusión de que más allá o más acá de esas luces temblando quién sabe dónde, la vida valía poco, tenía poco sentido temer, odiar, encariñarse con aquel gato que nadie supo cómo apareció rondando un buen día en el patio. Era un gato normal, luego lo supo, pero a todos les parecía diminuto, pequeño, quizás porque los muros del convento parecían, a la tarde, enormes, como el anfiteatro de la gran ventana, quizás porque los ecos del viento contra dinteles y arquitrabes los alzaba aún más sobre la hierba sucia de cardos y cascotes. No había palabras, ni susurros, ni suaves pasos entre la alta hierba, ni secretos amores y combates de animales nocturnos; solo, en lo alto, la luz helada de esas estrellas que siempre durarán, fijas, inmóviles como pupilas de enemigo. Entonces como ahora, parecían amigas. Su destello intermitente era como estarse despidiendo de la vida, lo mismo que si al alba alguien fuera a murmurar tu nombre, a media voz, una muerte helada y confidencial que de pronto se transformaba en revuelta, sonora en los gritos y en el rumor de platos y cucharas, en los himnos de despedida de los otros reclusos.
Allí estaban en lo alto, rojas, verdes, azules con su guiño intermitente o con su brillo helado como el aliento de la piedra abajo. Lucían tal como ahora sobre la habitación al final de la escalera en otro tiempo solemne, donde esperaba la nota, el telegrama o la visita del amigo, ese amigo que todo lo sabe, con el que habría que volver sobre, sus pasos, más tarde, con el que habría que volver a hacer el camino de vuelta, cruzando la frontera, esta vez a la inversa. Volvería a rehacer su camino todo a lo largo de la cordillera bajo las mismas nubes veloces, entre las no olvidadas cañadas pinas donde el brusco deslizarse de la grava a sus pies podía poner en pie los somatenes.
Dormir de día, caminar de noche, robar el pan, el queso puesto a secar en las ventanas, beber el agua de los manantiales donde los ríos nacen, no hablar, solo escuchar y mirar, concentrar en los ojos durante el día todos los sentidos, en el oído a la noche, midiendo el turno de vela por el lento caminar de su propio cansancio, por el peso de los párpados o el repentino acometer del frío. "



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