Un árbol caído (fragmento)Rafael Reig

Un árbol caído (fragmento)

"Cuando la obstinación de aquella maleta roja me obligó a sentarme en el suelo de la cocina, exhausto, tenía cuarenta años y algunos ahorros, gracias a la inesperada herencia de mi abuelo Ignacio, el banquero donostiarra. Como los personajes de mis novelas, podía dedicar el tiempo que hiciera falta a forzar una cerradura, a investigar la muerte misteriosa de un amigo o a esperar, mano sobre mano, que Teresita volviera a casa. Tenía inversiones, activos y propiedades, y tiempo libre. Eso era en abril de 2003. Cinco años después, todo se lo llevó la trampa, a partir de la quiebra de Lehman Brothers. Me pasó lo mismo que a los demás, porque al principio fueron averías tan pequeñas y pérdidas tan limitadas que no supe verlo, y cuando quise darme cuenta ya tenía una vía de agua abierta por debajo de la línea de flotación; las inversiones eran papel mojado; los activos, tóxicos; y las propiedades fueron embargadas, salvo la vivienda de la calle Sandoval con su cocina de baldosas blancas y negras, como un tablero de ajedrez, sobre las que acababa de perder el primer asalto contra la testaruda maleta de Javito Urrutia.
Había probado en vano con una horquilla y me quedé sentado sobre los azulejos contemplando la cerradura.
La única razón que me hacía creer que en el interior de aquella maleta encontraría la respuesta a todas las preguntas era el hecho de que estaba cerrada con llave. Es una de las dos supersticiones (la otra es la belleza) que más reducen la eficacia y embotan el filo de toda inteligencia: no podemos dejar de pensar que es más verdadero lo que está oculto que lo que se encuentra a la vista; más valioso lo que con más esfuerzo se obtiene; más revelador lo que se calla que lo que se dice. Así somos. Para nosotros, la única matriz de verdad sigue siendo la confesión.
A pesar de lo cual, una parte de mí mismo aún conservaba alguna sensatez: lo más probable era que aquella maleta sólo guardara ropa apolillada, cuadernos, fotografías descoloridas, cartas, un cepillo de dientes o un reloj parado.
Utilicé como escoplo un destornillador y, con la punta en el borde de la cerradura y golpeando con el martillo en el mango, conseguí hacerla saltar.
Varios discos de vinilo de los años ochenta, también un single, unas cuantas camisetas, unas zapatillas deportivas, una carpeta que contenía manuscritos de Javito (sus poemas o canciones, llenos de tachaduras) y esa partida de ajedrez, anotada por Ricardo Ariza, y que habían jugado Pablo Poveda con las blancas y Alejandro Urrutia con las negras en una lejana tarde de primavera de 1979.
Así me convencí, por superstición, de que en esos movimientos sobre el tablero estaba la respuesta y de que ese era el momento en que se había desencadenado lo que, según Lola, sólo terminaría cuando lo escribiera como novela. "



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