Gloria y resplandor (fragmento)Taylor Caldwell

Gloria y resplandor (fragmento)

"Cuando abandonara este lugar iría a Atenas y establecería una escuela como la de Targelia, pero no para continuar con sus enseñanzas lujuriosas. Sería una academia en la que las muchachas bien dotadas de inteligencia jamás se convertirían en simples concubinas con los conocimientos suficientes para intrigar a los hombres poderosos. Se les enseñaría una profesión… Pero inmediatamente pensó con cansancio: «Y, ¿para qué, si las mujeres son despreciadas incluso en la civilizada Ática, donde se desdeña su mente y su alma?». Tuvo otra idea, y esta la alegró. Una mujer educada y sabia, en compañía de otras más, podía constituir, como antaño, una fuerza en Grecia, podía llegar a un entendimiento con los hombres —y no merced a la lujuria— con los que se asociara. El poder de su inteligencia tendría mayor importancia que el de su belleza, siempre evanescente, a diferencia del espíritu, que crecía y se desarrollaba sí seguía alimentándosele. Se decía que en el Egipto real, las mujeres tenían una gran influencia sobre sus esposos, los faraones, en cuestiones de Estado, y que las mujeres de buena familia eran educadas con el mismo rigor y profundidad que sus hermanos. Ni siquiera se negaba a las mujeres el derecho de gobernar. En Grecia había sacerdotisas, como en Egipto, país donde la diosa Isis, más adorada incluso que Horus y Osiris, disponía de sacerdotes especiales para el cuidado de sus altares. Las mujeres no estaban consideradas como algo sucio en Egipto, y si en la casa había habitaciones destinadas a su uso personal, era por su propio deseo, y ni el esposo ni los hijos podían penetrar en ellas sin su permiso especial.
Si esto era posible en otros países, también podría reinstaurarse en Grecia. En cuanto a Persia… Se encogió de hombros e hizo un gesto de dolor. Apartó el asunto de su mente y, serena y altiva como una diosa oriental, se dirigió a la sala del banquete para reunirse con Al Talif, que acababa de enviarle un recado requiriendo su presencia. Los salones y corredores estaban iluminados ahora con lámparas y antorchas sujetas a los muros; las sombras amarillas y escarlatas se agitaban vacilantes sobre los suelos blanquiazules y los tapices de diversos colores. Los jardines se extendían oscuros bajo la noche, pero los ruiseñores ya habían empezado a cantar. Vasijas con incienso, ardían en todos los rincones de los salones y el aire cálido estaba cargado con un aroma que vencía incluso al de las flores que se alzaban en los grandes jarrones chinos. Aspasia no veía nada más que las figuras alertas de los eunucos. El viento del desierto penetraba por las arcadas, un viento ardiente que no enfriaba sino que aumentaba el calor de las piedras, la tierra y las montañas. También traía con él un olor aromático a pimienta y especias, recogido al pasar sobre los valles. "



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