En rada (fragmento)Joris Karl Huysmans

En rada (fragmento)

"Y más lejos, aún más lejos, emergían del círculo de los horizontes adivinados otras cadenas de montañas, cuyos interminables picos rozaban la tapadera de noche del cielo, una tapadera colocada solamente sobre las puntas de clavos de las cimas, aguardando a que algún sobrenatural martillo la hundiese de un golpe para cerrar herméticamente la indestructible caja.
Juguete de una titana inmensa, de una giganta infantil y enorme; enfática caja conteniendo, hechos con azúcar, simulacros de tempestades y de llanuras, rocas de cartón y volcanes huecos, en el agujero de los cuales el hijo de un Polifemo podría meter su dedo meñique y levantar así, en el vacío, la colosal osamenta de este juguete inusitado, la Luna espantaba a la razón, aterraba a la debilidad humana.
Y ahora volvía a sentir Santiago esa pesadez del bajo vientre, esa contracción de la vejiga que ocasiona la angustia prolongada del vacío.
Miró a su mujer. Estaba tranquila, y con sus impertinentes, que no se quitaba de encima, consultaba, igual que una inglesa estudia su guía, el mapa que sostenía desplegado sobre sus rodillas.
Esta quietud y esta evidencia de tener cerca de sí, de poder tocar, si quería, un ser manifiesto y viviente, aplacaron sus zozobras. Ese vértigo, que le sacaba los ojos fuera de los párpados y se los llevaba lentamente hacia el fondo de una sima, se desvanecía ahora que su vista reposaba a dos pasos de él contemplando a una criatura conocida cuya existencia era sensible y segura.
Además, se sentía bajo sus ropas vacío como esos montes tubulosos sin entrañas de metaloides, sin corazones de roca, sin venas de granito, sin pulmones de metal. Se sentía ligero, casi fluido, pronto a volar si los vientos desconocidos de ese astro llegaran a nacer. El frío exasperado de los polos y las consternantes canículas de los ecuadores se sucedían sin transición en torno a él, sin que lo advirtiese siquiera, pues experimentaba la impresión de que por fin se había desembarazado de la envoltura temporal de su cuerpo: pero de repente se revelaba también el horror de ese abrumador desierto, de ese silencio de tumba, de ese mortuorio campaneo mudo. La agonía atormentada de la Luna acostada bajo la piedra funeraria de un cielo le enloqueció. Alzó los ojos para huir. "



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