Lanzarote (fragmento)Michel Houellebecq

Lanzarote (fragmento)

"Hablaba de Luxemburgo como de un Paraíso perdido, mientras que, como es notorio para cualquiera, se trata de un país minúsculo y mediocre, sin características bien definidas, y ni siquiera un país, en realidad, sino más bien un conjunto de oficinas fantasmales dispersas en parques: simples buzones postales para las empresas que buscan medios de evasión fiscal.
Resultó al cabo que Rudi era inspector de policía y que vivía en Bruselas. Durante la cena, me habló de esa ciudad con amargura. La delincuencia invadía todo; cada vez era más frecuente que grupos de jóvenes atacaran a los viandantes en pleno día, en mitad de los centros comerciales. En cuanto a la vida nocturna, ni soñar con ella: hacía mucho tiempo que las mujeres no se atrevían a salir solas después de la puesta del sol. El integrismo islámico había adquirido proporciones alarmantes: después de Londres, Bruselas se había convertido ahora en un santuario terrorista. En las calles, en las plazas cada vez eran más numerosas las mujeres con velo. Por otra parte, el conflicto entre flamencos y valones se había exacerbado: el Vlaams Blok tenía el poder al alcance de la mano. De hecho, me hablaba de la capital europea como si fuera una ciudad al borde de la guerra civil.
En el aspecto personal, las cosas no le iban mejor. Se había casado con una marroquí, pero su mujer y él se habían separado hacía cinco años. Ella había regresado a Marruecos llevándose a sus dos hijos, y él ya no había vuelto a verlos. En resumen: que la existencia de Rudi me pareció próxima a una catástrofe humana total.
¿Y por qué había venido a Lanzarote? La incertidumbre, la necesidad de unas vacaciones, una empleada de agencia de viajes de carácter emprendedor: la situación clásica, en suma.
[...]
Pareció sorprendido por mi propuesta; me animé. La isla tenía parajes realmente hermosos; habíamos podido darnos cuenta de ello durante la excursión a Timanfaya. Es verdad que los habitantes de Lanzarote no daban la impresión de ser conscientes de ello, pero en esto no diferían en absoluto de la mayoría de los autóctonos. En otros aspectos, sin embargo, eran unos seres extraños. Menudos, tímidos y tristes, conservaban una actitud de dignidad llena de reserva: no cuadraban en absoluto con la imagen radiante del hombre mediterráneo, que tanto gusta a algunas turistas noruegas y holandesas. Su tristeza parecía venir de lejos. En una obra que Fernando Arrabal consagró a Lanzarote, leí que los habitantes prehistóricos de la isla jamás habían deseado aventurarse en el mar; que todo cuanto se hallaba más allá de sus costas les parecía ser dominio de la ambigüedad y del error. Observaban, sí, las humaredas que se alzaban de las islas próximas, pero jamás habían tenido la curiosidad de comprobar si esos humos procedían de fuegos prendidos por seres humanos y si esos seres humanos eran semejantes a ellos; una actitud de abstención con respecto a todo contacto les parecía el comportamiento más prudente. La historia de Lanzarote hasta el periodo histórico reciente había sido, pues, la de un aislamiento total; por otra parte, de esta historia no quedaba más que el relato incompleto de algunos sacerdotes españoles que habían recogido diversos testimonios orales antes de proceder al exterminio de la población autóctona. Este desconocimiento dio pie posteriormente a algunos mitos acerca del origen de la Atlántida. "



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