Palais de Justice (fragmento)José Ángel Valente

Palais de Justice (fragmento)

"La mirada lo situó en el espacio de la antesala, donde en realidad ya estaba, pero sin poder percibir a las claras, hasta ese preciso momento, ni la antesala ni su propio estar. Se frotó suavemente las manos como si quedasen en ellas residuos de un hipotético frío exterior. Percibió entonces con mayor acuidad la extrema frialdad del lugar. Había un ujier con aire de aburrimiento, que se acompañaba de un gesto de resignación secular. Presentó su papel. Todo el mundo en todos los lugares debe tener un papel. Había de ser él, pensó, claramente identificable, pues el ujier apenas examinó el contenido del documento. Se limitó a indicarle que era necesario esperar y señaló la puerta de la sala. Sala C. Pensó que ya había estado allí o que siempre había estado allí. Todo el mundo está siempre en la sala a la que es llamado o vuelve a ella una y otra vez para que la justicia pueda seguir su curso y nada quede sin castigar o premiar. En rigor, se dijo, la ventaja es del acusador, porque todos somos, claro está, culpables, sepamos o no sepamos de qué. Justamente, ésa es la debilidad del acusado, que el acusador conoce. Qué bien estructurada estaba, se dijo, la lógica de la acusación. Probar la inocencia no es posible, porque nadie es inocente y, de serlo, la inocencia carece de toda lógica además. Pensó que si ahora tuviera el paraguas, depositado previamente en su debido lugar, podría hacer algo que aliviase un poco la incómoda presencia de su bulto. Le sobraron de pronto varios brazos y parte de la columna vertebral. Si al desplazarse, no sabía bien hacia dónde, cometía una torpeza, toda su hasta ahora bien mantenida postura podía desaparecer. Decidió, en un acto desesperado, quedarse en pie, evitar el usado recurso de meter las manos en los bolsillos de la chaqueta o de meter una mano en el bolsillo de la chaqueta y mirar en la muñeca de la otra el reloj. Este gesto de repentina confianza en su propio cuerpo le produjo una suave oleada de consuelo interior. Sintió los brazos largos, sueltos, generosamente tendidos a ambos lados de sí. Le llegó desde ellos un sentimiento de tranquila libertad. Otras veces había sentido la solidaridad de sus brazos y de sus manos. En más de una ocasión lo habían socorrido o habían acudido a él. Levantó su mano, extendió los dedos y los miró largamente. Era su mano izquierda. Estaba allí, fuertemente irrigada por las venas visibles. La mano está llena de insondables pájaros, de nudos del tiempo, de secretas caricias, de obstinada fidelidad. Desciendo ahora hacia los dedos, por las líneas que predicen el pasado, hasta llegar a ti. Tus dedos, me dijiste, fueron la forma de nuestro primer conocimiento. En las habitaciones de paso, subrepticiamente ocupadas, mis manos y mis dedos iban hacia tu cuerpo y de él tomaban, como si fueran más libres que nosotros mismos, entera posesión. Todo lo precede, en verdad, el vuelo de los pájaros hacia el sur. Las manos. También en aquel sueño en el que entrábamos juntos en una enorme iglesia y en el que yo te llevaba, en efecto, tomada de la mano, teníamos que presentar, como en esta antesala, un papel. Los dos sabíamos que éramos inocentes, como lo eran las gentes innominadas, cuyos rostros no recuerdo y que con nosotros habían entrado o habían sido obligadas a entrar. Había en los bancos de la iglesia, colocados sobre estrados de madera, con lo que ganaban mayor altura y dignidad, señores extraños vestidos de chaqué y damas con sombrero y velo corto sobre la cara, que cantaban con un libro en la mano algo, que, a todas luces, había de ser una cantata de Bach. "


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