Auto de fe (fragmento)Elias Canetti

Auto de fe (fragmento)

"Kien pensó que sus rivales estarían muy interesados en echarlo y aceptó, complacido, la oferta de espionaje que le hacía el hombrecito. Su pasión por la media biblioteca que le confiara habíase enfriado. Peligros mayores lo amenazaban. Ahora que estaban unidos por tareas y consignas comunes, descartaba la posibilidad de cualquier embuste. Al día siguiente, cuando se dirigían a su puesto de trabajo, Fischerle dijo: - ¿Sabe una cosa? ¡Entre usted primero! Como si no nos conociéramos. Yo me quedaré afuera. ¡Y no venga a molestarme! No le diré dónde estoy. Si nos ven entrar juntos, el negocio se irá al agua. En caso de emergencia, pasaré a su lado y le guiñaré un ojo. Usted corra por delante, que yo lo seguiré. Más vale no correr juntos. Nuestra cita es detrás de la iglesia amarilla. Espéreme ahí hasta que llegue. ¿Entendido?-. Le hubiera sorprendido mucho ver rechazada su propuesta. Estaba interesado en Kien y no pensaba deshacerse de él. ¿A quién se le ocurriría fugarse por una recompensa, por una simple propina, si en realidad lo quería todo? El estafador, el gremio de libreros, aquel perro taimado caló en la parte honesta de sus planes y lo obedeció.
En cuanto Kien desapareció en el edificio, Fischerle retrocedió lentamente hasta la esquina más próxima, dobló por una travesía y echó a correr a espetaperro. Sólo al llegar frente al Cielo Ideal le concedió un breve respiro a su cuerpecito, sudoroso, acezante y trémulo, y entró. La mayoría de los habitantes del Cielo solían dormir a esa hora. Él contaba con eso: de momento no quería gente peligrosa ni violenta. Estaban presentes: el camarero esmirriado; un buhonero, que al menos sacaba una ventaja del insomnio que lo aquejaba y podía circular las veinticuatro horas del día; un ciego inválido que aún usaba los ojos al beber su pobre taza de café cada mañana, antes de iniciar su jornada laboral; una vieja vendedora de diarios a la que llamaban la Fischerla por su parecido con el enano y porque, como todos sabían, sentía por él un amor tan secreto como desdichado; y un manobrero de alcantarillado que solía recuperarse de su faena nocturna y de la hediondez de los desagües en la no menos fétida atmósfera del Cielo. Era considerado el más serio de todos los clientes porque a su mujer, con la que tenía tres hijos en un feliz matrimonio, le daba las tres cuartas partes de su salario semanal. El cuarto restante se esfumaba, en el curso de un día o de una noche, en la caja de la propietaria del Cielo. "



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