Trastorno (fragmento)Thomas Bernhard

Trastorno (fragmento)

"El príncipe, sometido cada vez más a su «mecánica intelectual centrada en la alta exaltación y la alta especulación» (mi padre), en sus estados de debilidad, incluido aquel estado que se había convertido en los últimos meses en el más insoportable de los tormentos, por sus «discusiones masoquistas» (mi padre) consigo mismo —encerrado con cerrojo en su propio cuarto—, que no había interrumpido durante la estancia en Londres de su hijo y que, probablemente porque tendría que vivir hasta el fin de sus días en Hochgobernitz, había llevado —de la forma más despiadada, sobre todo hacia sí mismo— a un paroxismo que, centrado en una irritación abyecta, exigía el máximo esfuerzo de su mente, un esfuerzo cada vez más despiadado de su capacidad intelectual, «orientado en forma consecuente a todos los fenómenos científicos» (príncipe Saurau), había oído, «había tenido que oír» esos «ruidos mortales» (mi padre) para él, incluso mientras, la pasada noche, estudiaba las memorias del Cardenal de Retz, aunque era incapaz de recordar el momento a partir del cual había tenido que oír esos ruidos.
Dijo que los oía incesantemente, y no podía dormir ya y cada vez tenía más miedo de los ruidos.
Que en las últimas semanas había sido acosado, trastornado por esos ruidos («¿antitipos?», [mi padre]), había sido «proyectado» continuamente hacia su muerte, de la forma más horrible, por esos ruidos.
Precisamente en la medida en que creía poder apartarse del mundo, se entregaba a él, dijo el príncipe Saurau: «Pensamos fantasías y nos fatigamos», dijo.
Dijo que, en la «perfección de las posibilidades de agotamiento», el príncipe Saurau había oscurecido a Hochgobernitz y Hochgobernitz, en definitiva, lo había oscurecido a él, el príncipe Saurau.
«Las analogías son mortales», es una de las frases decisivas que repite siempre.
Mientras su familia, dijo, «esa amputación siempre abyecta del espíritu» (príncipe Saurau) que reinaba aquí, con su nombre, en Hochgobernitz y que «absorbe desde las mayores distancias, primero en sus cuerpos y luego en sus cabezas, su vida cotidiana», como una de «los cientos y miles de sorprendentes cleptomanías intelectuales, con el desesperado desvalimiento para el que ha sido educada», él, el príncipe Saurau, en medio de ellos, en su «desastrosa compañía», se veía afectado por aquellos ruidos («¿erupciones intraterrestres?» [mi padre]).
El estruendo, dijo, lo dominaba.
Al sentir su cerebro («¿irrupción de agua en terrenos secos desde tiempos inmemoriales?», [príncipe Saurau]), atormentado como una membrana abusivamente utilizada en bien de la humanidad entera, en la que siempre habían estado esos ruidos («¿la transformación de algo que es en algo que será?», [príncipe Saurau]), no sólo oía esos ruidos, sino que los veía y sentía también en su cabeza.
Su cerebro tenía que «soportar» esos ruidos («grietas que se ensanchan, ¡un proceso ideal de descomposición de la Naturaleza!», [príncipe Saurau]).
Casi todas las frases en que, de pronto, inyecta en forma desmesurada su sufrimiento, las termina con las palabras «en bien de la humanidad entera». "



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