La cruz de Santiago (fragmento)Eduardo Chamorro

La cruz de Santiago (fragmento)

"Velázquez apoyó el culo en el borde de la mesa y vio al conde-duque disolverse en las sombras del pasillo. Se preguntó quién podría haber dado noticia a Gaspar de Guzmán sobre aquella pintura, examinando concienzudamente a cuantos habían estado al tanto de sus trabajos en Italia. Se esforzó en recordar con claridad a esas personas para no detenerse en la consideración de lo fundado o infundado de los temores del conde-duque. A pesar de ello no pudo evitar un turbio recuerdo de antiguas incertidumbres y precavidos silencios, junto a palabras musitadas entre murmullos moribundos, que concluían en un mero movimiento de labios… como una promesa gastada en la emanación de un misterio, de una palabra no dicha y de una cifra no resuelta. Eso eran los judíos.
El rey le recibió tras despachar con el conde-duque, y no se refirió a ese cuadro ni a ningún otro, salvo al que deseaba que Velázquez ejecutara lo más pronto posible: el retrato de su hijo.
Y Velázquez se encontró pintando al hijo del rey y descubriendo, a través de esa tarea, a su nieto. Pensaba en éste cuando pintaba a aquél, y en aquél cuando contemplaba a solas a su nieto durmiendo. La turbación que le causaba esa contemplación mezclada con su trabajo, impidió la buena marcha del cuadro, hasta que se le ocurrió retratar al joven príncipe acompañado de otro niño, de un niño imposibilitado de alcanzar el honor y la gloria de un príncipe, y ni siquiera de igualarle como hombre. Enmascaró a aquel niño bajo la apariencia de un enano y alteró sus facciones de manera que sólo le resultaran familiares a quien hubiera pasado largas horas viéndole dormido. Así descubrió lo extraña que puede resultar una persona dormida a quien no tenga la costumbre de verla dormir.
Una noche se quedó traspuesto frente al cuadro recién terminado, a la distancia adecuada para ver el efecto que ejercería sobre lo pintado la luz creciente del amanecer. Pero con el amanecer llegó el rey como una suave pincelada negra desprendida de la oscuridad de los pasillos, avanzando pegado a la pared del estudio, envuelto en el leve crujido de su ropa y sus zapatos, suficiente para despertar al pintor.
El rey se detuvo ante el lienzo y lo contempló con gesto escrutador y ansiosa mirada, apoyando el índice de la mano derecha en el labio superior y hundiendo éste en el hueco de los cuatro dientes que debían estar allí y ya no estaban, perdidos por una extraña enfermedad que, a veces, le hacía sujetarse el brazo izquierdo con la mano derecha, y reprimir o disimular un gesto del dolor que parecía aliviarse al apretar de ese modo la carne sobre el húmero. "



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