Los tres sorianitos (fragmento)José Ortega Munilla

Los tres sorianitos (fragmento)

"Al otro día llegaron los tres sorianitos a Resistencia, ciudad nueva, que crecía rápidamente, porque, en ese avance maravilloso de la República Argentina sobre los inmensos parajes de que antes fueron dueños absolutos los indios, la obra civilizadora se desarrollaba prodigiosamente. Resistencia era una serie de calles paralelas, en las que existía importante colonia española. Lo que más les impresionó a los recién llegados, cuando pedían el nombre de una fonda donde alojarse al jefe de estación, fue la muchedumbre de indios. No vestían como ellos imaginaban según los cuentos tradicionales de la vieja Castilla. No llevaban cercos de altas plumas multicolores sobre la cabellera: ni túnicas blancas, ni calzones en forma de zarahuelles. Vestían estos indios con trajes europeos, como obreros de Barcelona y de Buenos Aires, calzones de lienzo azul, blusas de igual color, gorras o boinas en la testa. Sólo se diferenciaban de los hombres de las razas europeas por el prolongado cráneo caballuno, la tez cobriza, los ojos que se abrían en lo más alto del cráneo y la excesiva prolongación de los brazos así como las rudas, fuertes manos, de uñas aplastadas. Ellos trabajaban en los muelles de la estación, ellos conducían carritos tirados por pequeños caballos, ellos iban y venían en sus industrias hablando entre sí un idioma desconocido a los sorianos. Si entonces se hubiera presentado ante los viajeros Presto Culcufura, no le hubieran distinguido de los otros sus paisanos y coterráneos.
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En la orilla izquierda, Norte, de la laguna, hay dos piedras grandes. Entre ellas, existe un bosque de Quebracho. Andando diez pasos a la derecha desde el punto de arribada, entre las dos piedras, se verá otra piedra, blanca, de cuarzo que tiene hondos yacimientos. Líneas ferruginosas aparecen en esa piedra. A su izquierda, está el tesoro. Hay que cavar hasta los diez metros bajo el nivel del suelo. Y allí queda la mitad de lo que yo gané y allí está para mis herederos, si ellos son capaces del sacrificio… Tampoco quisiera que, por cobardía, fuesen indignos de mi herencia aquellos a quienes yo se los destino. Si fallecen en el empeño o se apartan de él por ánimo miserable, no merecerán mi cariño, porque yo sólo deseo para los hombres el valor y la virtud, prendas sublimes. "



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