Zona uno (fragmento)Colson Whitehead

Zona uno (fragmento)

"Había estado allí antes. No era la antigua Chinatown, pero en las esquinas de su percepción los píxeles tomaban sus propias decisiones y reducían a cero la distancia entre la Vieja Chinatown y la Nueva Chinatown. Habían limpiado las sinuosas calles para permitir el acceso de los vehículos militares, y los soldados hacían la ronda despacio, bromeando, inventando chistes acerca del mal inglés del letrero de una tienda, comentando lo atractiva que era la cabo que había llegado en el transporte de aquella mañana. Esta sección de la Zona Uno incluía las que ahora eran las calles más concurridas de la ciudad. (O las calles más concurridas donde las personas aún eran personas. Se mantenía alejado de la sombra que avanzaba, de los rincones de la parte alta de la ciudad donde las innumerables hordas deambulaban sin rumbo.) Los soldados rasos y los suboficiales, los limpiadores y los ingenieros iban pulcramente vestidos con trajes de faena limpios, inmaculados, confeccionados con la nueva malla a prueba de agujeros, desgarrones y abrasiones, de auténtico lujo, llevaban chalecos portaherramientas y armas que sujetaban mediante una serie de broches, hebillas y pistoleras, pero hacían lo que la gente hacía en una ciudad: recuperar el aliento entre un encargo y otro. Así era la vida.
De niño, Mark Spitz acudía a Chinatown a por fuegos artificiales y artículos de contrabando, y la congestión siempre lo había abrumado, del mismo modo que a muchos hijos e hijas del condado de Nassau. Si creces en Long Island y vives junto a una de las espirales de la autopista, nada te provoca más vértigo que una visita a Chinatown, con sus discordantes multitudes que se abrían paso a empujones. Era el estereotipo de la Nueva York que hablaba deprisa, andaba deprisa y te despedazaba con ansia destilada en unos poderosos ochocientos metros. Te sientes fuera de lugar. Ese monstruo te devorará. En el exterior del restaurante de raviolis, en este margen repoblado al norte de la Zona Uno, el pequeño caos —el sobresalto provocado por el claxon de un camión de abastecimiento o el petardeo de un todoterreno— constituía un sonido prometedor, el sonido de una civilización que se alejaba del osario. "



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