El pecado de Alejandra Leonard (fragmento)José Pedro Bellán

El pecado de Alejandra Leonard (fragmento)

"La tarde iba cayendo firme y lenta. El oeste se enrojecía. El sol, entre el mar y el cielo enfocaba el espacio abierto. Un buque corría ceñido en el horizonte. Era un prisma tendido a lo largo, negro, achicharrado por un golpe de contraluz.
Haciendo maquinalmente unos dibujos sobre la arena, Elsa dijo al fin:
—Yo creo que, si lo deseas, tú bien puedes casarte, Alejandra.
—No me parece. Llevo todas las de perder.
Al decir esto soltó una carcajada dolorosa.
—¿De qué te ríes?
—De mí: sólo de mí, me río. ¡Después de haber pensado en tantas cosas, caer en esto!...
—No seas soberbia. Alejandra.
—No es soberbia. Es... impotencia, es desventura, es...
Hizo un esfuerzo para impedir que el llanto nublara sus ojos.
—No le des un mal sentido: ahora quiero ser como tú.
Medió un nuevo silencio. Observaron en rededor. Miraron el cielo, el mar. Después, Elsa, siguiendo su pensamiento, insistió:
—Aun puedes casarte. Todo está en que te prestes a hacer lo que dice Roberto.
—¿Y qué dice?
—Que te hagas la nena boba.
Alejandra miró a su prima profundamente. Un velo inesperado se había interpuesto entre las dos.
—Sí. ¿No entiendes? —prosiguió Elsa. —¡La nena boba, la nena boba!...
Yo, una vez leí unos versos de Bécquer. Creo que dicen así:
¿Que es estúpida?... ¡Bah!, mientras callando,
Guarde oscuro el enigma,
Siempre valdrá, a mi ver, lo que ella calla
Más que lo que cualquiera otra me diga.
—Elsa... ¡Pero tú sabías eso y nunca me lo diste a entender! Te miro y me pareces otra.
—Roberto me ha enseñado muchas cosas. Tiene razón.
—La nena boba —repetía Alejandra entre dientes, mirando a lo lejos, —¡la nena boba!...
Callaron. Largo rato se mantuvieron silenciosas, fijas en la última actitud. Alejandra sentía en su mente el sopor de la bruma, difusa la imagen, impreciso el pensamiento.
—¿Vamos?
—Vamos.
Habían prometido estar de regreso a las diecinueve horas y aun cuando para llegar a la casa sólo tenían que atravesar el Parque Rodó, decidieron volver. Alejandra tomó de la mano a Enriquito.
Era el momento de mayor algarabía. Los vehículos llegaban atestados de pasajeros que invadían la playa, obreros y empleados que aprovechaban la última hora para el baño. Cuando ellas quisieron subir la escalinata fueron separadas por la muchedumbre y se perdieron. Alejandra, con el nene entre los brazos, se había detenido junto al primer peldaño, no animándose a avanzar. Luego de algunas tentativas logró zafarse de aquella ola y buscó a su prima. Elsa había conseguido subir y le hacía señas, desde la Rambla, indicándole otra escalera, donde era más fácil la salida. Entonces siguió aquella dirección, siempre con Enriquito entre sus brazos. Cuando estaba por alcanzar la escalinata, un señor le dijo entusiasta:
—¡Qué hermoso hijo le ha dado Dios, señora!
Alejandra sintió una honda sacudida en todo su ser. Sorprendida iba a decirle: "no es mío", pero la voz no se pronunció. Apretó el nene contra su pecho y empezó a subir.
Las piernas le flaqueaban. "



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