Al señor, con cariño (fragmento)E.R. Braihtwaite

Al señor, con cariño (fragmento)

"Mi vida en Inglaterra no había sido, en modo alguno, ascética. Durante mis días de estudiante había tenido uno o dos asuntillos, unos contactos pasajeros considerados sencillamente como tales por ambas partes. Y bajo la tensión de los cuales durante la guerra y la incertidumbre de sobrevivir, el sexo se había convertido en una parte de la situación general y yo no fui una excepción. Como muchos otros, salía con mujeres; el color de mi piel no importaba. A decir verdad, era un incentivo más para ellas, aparte del hecho de que yo dominaba varios deportes: rugby, fútbol, tenis, cricket, atletismo… y todo esto me presentaba a una luz muy favorable ante las mujeres. Algunos de mis colegas blancos, menos afortunados que yo, me daban a entender sin rencor que quizá sentían curiosidad las mujeres por comprobar lo que hubiera de cierto en las historias sobre la excepcional potencia sexual de los negros. Debo reconocer que me relacioné con varias agradables compañeras y sinceramente espero no haber dejado fama de atleta sexual.
Pero todo eso pertenecía al pasado. Mi vida se había adaptado a unas nuevas y diferentes condiciones y necesitaba pensar cuidadosamente cada paso que daba. Había podido observar —una vez terminada la guerra— la desaprobación que expresaban los rostros de los ingleses siempre que veían a una mujer blanca en compañía de un negro y si lo hubiera olvidado, el incidente de aquella mañana me lo habría hecho recordar. Una cosa era estar sentado tranquilamente en el refugio de la sala de profesores charlando con Gillian, y otra muy diferente exponerla a aquellas miradas de odio. ¿Cuánto tiempo podría sobrevivir nuestra relación tan agradable a la maldad de esas miradas que se proponían decididamente avergonzar a la mujer blanca, como si hubiera degradado abyectamente, no sólo a su persona, sino a todas las mujeres? Sólo las mujeres excepcionalmente fuertes de carácter podrían sobrevivir a un trato semejante.
Parece como si hubiese en Gran Bretaña una ley no escrita que requiriese que todo negro saludable y capaz, residente en el país, fuera célibe por inclinación o bien un maestro en el arte de sublimar sus instintos. Y si este negro busca una salida en las prostitutas o en las mujeres «fáciles», será considerado en seguida como un ser asqueroso e indeseable. ¡Qué idea tan inhumana, tan irracional! Así, los negros tienen que ser hombres, pero sin virilidad.
Me hallaba sumido en la confusión de estos pensamientos cuando entró Gillian en mi clase. Su rostro, habitualmente tan amable, presentaba una gran tirantez. "



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