Madame Butterfly (fragmento)John Luther Long

Madame Butterfly (fragmento)

"[Una mujer accede al interior de la estancia]
¿El Sr. Sharpless, el cónsul americano? preguntó, mientras cruzaba el umbral.
El cónsul se inclinó respetuoso.
¿Sería Vd. tan amable de enviarle un telegrama a mi marido en Kobe?
Desde luego. ¿Cómo se llama su marido?
Tomó un bloc de notas mientras hablaba.
Teniente Pinkerton de...
Un instante, por el amor de Dios.
Era demasiado tarde. Los ojos de la mujer sentada sobre la silla le miraban directamente, tratando de esbozar una sonrisa rendida al cansancio con el paupérrimo resultado de una mentira compasiva. Negó con la cabeza en medio de un abrumador silencio.
Le suplico que me perdone. Ya estoy listo, afirmó el cónsul en un tono un tanto hosco, sin requerir ni dar ninguna otra explicación. Prosiga.
Me gustaría que le enviara el siguiente telegrama: He podido ver al bebé y a su enfermera. ¿No podríamos tenerlo con nosotros de una vez por todas? Es tan adorable. Mañana hablaré con la madre acerca de ese particular. Ella no estaba en casa cuando estuve allí ese día. Espero reunirme contigo el miércoles de la semana próxima vía Kioto Maru. ¿Podría llevarlo conmigo? Adelaida.
Habiendo avanzado unos pasos y contemplado a Cho-Cho-San, se detuvo llena de admiración.
¡Qué admirable y qué encantadora! ¿Me dará usted un beso querida niña?
Cho-Cho-San le devolvió la mirada con sus redondos ojos -justo como hacen los niños cuando sienten algún tipo de temor. Luego las ventanas de sus fosas nasales temblaron y sus párpados se cerraron con gran lentitud.
No, dijo con enorme suavidad.
Ah. No te culpo, rezongó la otra. Dicen que tú no haces ese tipo de cosas; en todo caso no a las mujeres. Me siento impelida a perdonar a nuestros hombres por caer rendidos ante tu belleza. Gracias por concederme la oportunidad de interrumpirte. ¿Será tan amable, Sr. Sharpless de enviar a la mayor brevedad el telegrama? ¡Qué tenga un buen día!
[Se marchó con la misma presteza con la que había venido] Se trataba de la mujer rubia que habían visto en la cubierta del barco de vapor.
Permanecieron en silencio una vez que ella se hubo marchado. El cónsul permanecía aún en su escritorio, con la cabeza gacha, impotente, en sus manos.
Cho-Cho-San se levantó y se inclinó hacia él. Intentó desesperadamente sonreír, pero sus labios dibujaban un severo rictus adherido a su espléndida dentadura. Buscó de forma vacilante en su neceser y encontró unas pocas monedas y se las tendió. Él las tomó con curiosidad en la palma de su mano. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com