Las aventuras de Werner Holt (fragmento)Dieter Noll

Las aventuras de Werner Holt (fragmento)

"Con frecuencia era el propio Holt quien, bajo cualquier pretexto, se presentaba en casa del magistrado con la intención de «jugar a algunos juegos» y se sentaba ante la cama del débil y enfermizo Peter, pensando quizás en tocarle algo al piano. Holt habría podido ser un estudiante espléndido con el paso del tiempo y ahora permanecía inmóvil en aquel sillón.
Holt miraba con ojos ardientes y muy vivos e incluso hasta sus oídos parecían emitir algún tipo de extraño zumbido y casi parecía que iba a quedarse apenas sin aliento, a tal punto que, lógicamente, era preguntado por la naturaleza y la causa de aquel estado tan aparentemente febril y grandilocuente. Y Holt parecía presa de un tórrido escalofrío hasta que recobraba su tonalidad habitual. ¿Acaso sería él el enfermo? Todo terminaba por afectarte sobremanera, todo parecía de lo más cercano, como si lo miraras a través de la óptica de una lupa. Y llegabas a pensar seriamente en el eco de una voz altisonante...
¿Qué sentido tendría hablar de cosas hermosas? Se había registrado un terrible accidente en el cruce del ferrocarril. Un ciclista había colisionado con una furgoneta. Quizás ni siquiera nos atrevíamos a preguntar si alguien había sido testigo de aquel horror. Lo hablábamos entre nosotros. La policía tendría que dar parte para levantar la correspondiente acta judicial. Era algo imponente, en medio de la rutina. Y lógicamente tendíamos a fantasear. Nos imaginábamos, morbosamente, al ciclista ensangrentado. Holt nos pedía que lo dejáramos y que comprendiéramos que necesitaba hablarnos imperiosamente.
Dirigió sus pasos hacia la puerta de salida y nos miró por encima del hombro. En otra escena, el profesor de ciencias matemáticas permanecía ante la pizarra escribiendo algo con la tiza como hacía de costumbre. Era un hombre de unos sesenta y ocho años, ya casi septuagenario, a punto de retirarse y recibir su pensión vitalicia y aún continuaba dedicado, como antaño, a la enseñanza. Solía dejar a los estudiantes en paz, pensando quizás que madurarían por sí mismos. Sus estudiantes solían quedarse en silencio. Nadie, excepto Peter Wiese, se esforzaba lo más mínimo. "



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