La Eva futura (fragmento)Auguste Villiers de L´Isle

La Eva futura (fragmento)

"Se representaba el Fausto, de Carlos Gounod. En el teatro se dejó dominar por ese bienestar inconsciente que da en semejantes veladas el esplendor de la sala y los halagos de la música.
Una alusión hizo que su mirada vaga y errante cayera en una muchachita pelibermeja como el oro, lindísima, que figuraba en el cuerpo de baile. No la miró más que un momento. Luego puso toda su atención en el espectáculo.
En el entreacto no pudo abandonar a sus amigos. Los vapores del jerez impidieron que se diera cuenta de que estaban entre bastidores.
Como nunca había visto un teatro por dentro, experimentó una pueril extrañeza.
Allí abordaron los amigos a miss Evelyn, la bella rubia. Cambiaron con ella algunas frases de circunstancia. Y de indiferente galantería. Anderson prestaba más miradas al aspecto de las cosas para él ignoradas que a la bailarina.
Sus camaradas, aunque casados, eran hombres que seguían las modas y usanzas y tenían doble hogar. En seguida se hizo mención de ostras y de cierta marca de champagne.
Anderson declinó acompañarles. Iba a despedirse a pesar de las afables insistencias de los camaradas, cuando el absurdo recuerdo de su pique de por la mañana le volvió a la memoria, exagerado por la excitación.
«Después de todo, la señora Anderson debe estar durmiendo».
«¿No sería preferible volver un poco más tarde? Era cuestión de matar una hora o dos. En cuanto a la compañía galante de miss Evelyn no le correspondería a él, sino a los otros amigos. Además, sin saber por qué, aquella muchacha, a pesar de ser bonita, le disgustaba físicamente. La solemnidad de la fiesta patriótica excusaba también el retraso…».
Vaciló unos segundos. El aspecto reservado de miss Evelyn le hizo decidirse. Fueron a cenar los cuatro.
En la mesa, la bailarina puso en juego, cerca de Anderson, la más velada cautela en las seducciones más hábiles, pues le chocaba su actitud poco comunicativa. El espíritu de mi amigo Eduardo fue fascinado por una ficción de modestia que creaba un encanto destructor de la aversión natural. La sexta copa del espumoso vino le hizo pensar en una aventura.
El esfuerzo para hallar un deleite en sus rasgos y líneas era el incentivo que, a pesar de la aversión de su gusto, le hacía acariciar la idea de poseerla. "



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