Shirley (fragmento)Charlotte Brontë

Shirley (fragmento)

"Caroline Helstone tenía sólo dieciocho años, y a los dieciocho años la auténtica historia de la vida aún no ha comenzado. Antes de ese momento, nos sentamos y escuchamos un cuento, una maravillosa ficción, deliciosa a ratos, a ratos triste, casi siempre irreal. Antes de ese momento, nuestro mundo es heroico, sus habitantes son semidioses o semidemonios, sus paisajes son escenarios de ensueño: bosques más oscuros y colinas más extrañas, cielos más fúlgidos, aguas más peligrosas, flores más dulces, frutos más tentadores, llanuras más amplias, desiertos más áridos y campos más soleados que los que se encuentran en la naturaleza se extienden por nuestro mundo encantado. ¡Qué luna contemplamos antes de ese momento! ¡De qué modo el estremecimiento que en nuestro corazón produce su aspecto atestigua su indescriptible belleza! En cuanto a nuestro sol, es un cielo ardiente: el mundo de los dioses.
En esa época, a los dieciocho años, acercándonos a los confines de esos sueños ilusorios, vacíos, el país de las hadas queda a nuestra espalda, las orillas de la realidad se alzan ante nosotros. Esas orillas están lejos todavía; parecen tan azules, tan suaves y amables, que ansiamos alcanzarlas. A la luz del sol, vemos verdor bajo el azul celeste, como de prados primaverales; vislumbramos líneas plateadas e imaginamos el oleaje de las aguas. Si pudiéramos alcanzar esa tierra, no pensaríamos más en la sed y el hambre, cuando lo cierto es que, antes de poder saborear la auténtica dicha, habremos de atravesar muchos desiertos, y a menudo el río de la Muerte, o algún arroyo de aflicción tan frío y casi tan negro como la Muerte. Todas las alegrías que da la vida han de ganarse, y sólo los que han luchado por grandes premios saben lo mucho que eso cuesta. La sangre del corazón ha de adornar con rojas gemas la frente del combatiente antes de que la ciñan los laureles de la victoria.
A los dieciocho años no somos conscientes de estas cosas. Cuando nos sonríe la esperanza y nos promete la felicidad para el mañana, implícitamente le damos crédito; cuando el amor llega vagando como un ángel perdido hasta nuestra puerta, lo admitimos al punto, le damos la bienvenida, lo abrazamos: no vemos su temblor; si sus flechas nos atraviesan, su herida es como la sensación de una nueva vida: no tememos que lleven veneno, ni tememos las lengüetas que ninguna sanguijuela[60] pueda extraer: se cree que esa peligrosa pasión —una agonía incluso en alguna de sus fases; para muchos, una agonía de principio a fin— es un bien incalificable; en resumen, a los dieciocho años aún no se ha entrado en la escuela de la experiencia y todavía no se han estudiado sus lecciones humillantes, abrumadoras, opresivas y, sin embargo, purificadoras y estimulantes. "



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