El maestro (fragmento)Colm Toibin

El maestro (fragmento)

"La voz de su narrador sería serena y objetiva; se desprendería levemente de su tono una especie de bondad, una disposición para apreciar a cada nueva persona y cada nueva experiencia como una recompensa recibida a cambio de su rápida inteligencia y sensibilidad. Buscó un tono de voz que rebosara serena aceptación y resignada competencia, en el que se mezclaron la autoridad con una devoción al deber, con una disciplinada tendencia a extraer lo mejor de las cosas; un individuo que no se quejaría nunca y para quien la estridencia sería uno de los pecados capitales. Quería una voz que todos los lectores aceptaran automáticamente y en la cual confiaran, pero también un estilo literario que recordara al de cincuenta años antes —nuestra heroína era una ávida lectora—, interrumpido intermitentemente por frases sencillas y vividas.
Era una historia que había permanecido en sus cuadernos de apuntes durante más de dos años y que, durante ese espacio de tiempo, le había venido a la mente en momentáneas oleadas de luz; pero nada que se pareciera a una manera de empezar se le había ocurrido hasta ahora, cuando supo que necesitaría una historia así, firme, aterradora y dramática, para su nuevo editor en Collier, algo que fascinara a los lectores y les hiciera desear más. Narraría la historia que le relató el arzobispo de Canterbury acerca de dos niños que vivían en una inmensa casa, donde los había dejado su tutor al cuidado de una institutriz a quien se le había dicho que no se pusiera en contacto con dicho tutor bajo ninguna circunstancia.
Era fácil poner carne sobre estos huesos, configurar un ama de llaves campechana y digna de confianza, hacer a la niña delicada y bonita y al niño tan encantador como misterioso, y convertir la propia casa, la extraña casa vieja, en una aventura para nuestra heroína, la institutriz. No quería dotarla de habilidad para la reflexión o la introspección, quería que el lector la conociera por lo que ella percibía y por lo que no era capaz de ver. Así el lector vería el mundo a través de sus ojos, pero en cierto modo la vería a ella también, a pesar de sus esfuerzos por ocultarse y reprimirse a sí misma de un modo inconsciente.
La casa era un gran espacio vacío y estaba llena de ecos resonantes. Los niños no daban importancia a su abandono, desfilaban ante la institutriz y la afable ama de llaves como navíos desbordantes que no necesitaban nada más que lo que se les suministraba. Todos los sonidos, tanto dentro como fuera, eran sonidos de mal agüero repetidos por un eco que traía malos presagios. Relató lo antes posible el momento en que, al retirarse para irse a dormir, la institutriz oyó el débil, distante lloro de un niño y después, delante de la puerta de su alcoba, el sonido de unos leves pasos. "



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