Casi nunca (fragmento)Daniel Sada

Casi nunca (fragmento)

"Ay, la retirada de doña Telma, cargando una maleta no muy pesada. Caminaba (apuntemos su faldeo en concordancia con su encogimiento de hombros) con ganas de empequeñecerse, bajo, digamos, la autoridad del sol. Al parecer su desaparición sería real, no obstante haber sido perdonada y aun cuando su hijo hizo las veces de bebé en la cama compartida. En tanto la borraba el resplandor surgía en tía y sobrino una suerte de hipótesis relativa a que la señora había adquirido un verdadero empaque materno, esto es, ya podía situarse en un limbo y esperar a que las circunstancias trajeran dicha o desgracia sin que ella tratara de modificar su curso. Quizás no volvería a ver a su hijo, quizás pronto sí, o a saber, pero mientras abordaba el coche de caballos que la llevaría a La Polka, y luego la lancha y luego el tren, supo que su traslado agobiante había sido efectivo, puesto que hubo sembrado en Demetrio una incertidumbre sentimental, acaso una posibilidad de regreso o una ficción a la mitad que tal vez jamás se completara. En adelante la resignación haría su magia y acá los mirones atónitos (doña Zulema y Demetrio) como que así lo estaban entendiendo. ¿Creo que no debemos seguir mirándola para no entristecernos?, dijo la tía, al tiempo que, estrechándole un brazo, jaló sutilmente al sobrino al interior de la tienda. Adentro el reacomodo de ideas, aunque antes hubo una petición: Abrázame, Demetrio. Quiero sentir que me quieres tanto como a tu madre y tanto como a Renata? El grandullón se resistió. Un abrazo, en ese momento, significaba estremecimiento, y pues no, melcocha de más, por saneo ¿para qué?, o por algo mucho más simple: no podía jugar con su arrepentimiento, no tenía por qué prodigar lo que aún le lastimaba, y lo dijo sin elaboración: Ahora no, tía. Tal vez mañana la abrace? Ahorro, en consecuencia, de explicaciones, y distancia y reserva y un poco de sal echada a esa dulzura que amagaba con desquiciarlo. Respeto redundante en pasos hacia atrás (tres) de doña Zulema, que tampoco aguantó tal rechazo así como así; de hecho hubo un efecto lateral: Te pido de favor que mientras estés conmigo no te vayas a dormir al monte? ¿Qué responder a eso?, ¿con una mueca risueña? ¡Ni siquiera!, sino —como fue— con un vistazo dirigido al techo de carrizo, donde —cosa de tanteo cejijunto— Demetrio descubrió tres nidos de golondrina: abandonados ya, a la buena de un desmoronamiento cuyos terrones se desprendían, acaso, ¿un día sí y otro no? Sentir —¿qué?— la desconexión a poco. ¡Pues bien!, lo que hizo Demetrio, yéndose pasitamente a su refugio, fue continuar viendo los esparcidos tesoros del techo. Loco abstraído ¡adrede! El remate: un encierro. Masturbación en vías… Maldita sospecha… Santidad solitaria, en cambio, sólo que su arrepentimiento no daba para un goce tan de a tiro mecánico, ninguna recompensa a lo bestia, e incluso lo peor: ningún anonadamiento subconsciente. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com