Sudeste (fragmento)Haroldo Conti

Sudeste (fragmento)

"Se encogió de hombros y marchó en dirección a la casa, envuelta en las sombras del crepúsculo. Observó el jardín y, más allá, el río, a través de los negros parantes vencidos por la humedad. El río estaba oscuro.
Pasó por debajo de la casa y salió al frente. Muy pronto sería de noche. Hacía un poco de frío. La casa, el bote, los árboles parecían sumidos en un extraño sopor. Los ruidos del monte se habían atenuado, casi habían desaparecido. Un gran silencio brotaba de la oscuridad. Arrancó algunas tablas y se dispuso a encender un buen fuego que ahuyentara a los fantasmas del invierno. Estaba recogiendo unas ramitas y de tanto en tanto observaba hacia el lugar en donde había dejado al hombrecito. No podía ver muy bien porque la luz era escasa. Quizá se había marchado. Sin embargo, tenía la sensación de que lo estaba observando desde alguna parte.
En ese momento apareció el perro, muy cerca de la casa. Entonces descubrió al hombrecito apostado sobre la galería. Era apenas una sombra levemente inclinada hacia él.
-Hola, amigo -gritó hacia el perro, a despecho de las sombras, y su voz resonó muy extraña, ahí en la soledad y el silencio y la media luz
El hombrecito bajó de la galería y le pareció que se había puesto a recoger algunas ramas.
Armó el fuego sobre las cenizas de la tarde anterior. La tierra estaba ahora húmeda y fría pero, de alguna manera, perduraba allí el espíritu del fuego. En eso estaba cuando se aproximó el hombrecito y puso a un lado el manojo de ramas. El hizo como que no lo veía, aunque se aprovechó de ellas.
Encendió el fuego y entonces se sintió menos solo. El hombrecito lo había hecho sentirse solo. Esto era algo que no le sucedió en todo el verano.
Lo miró, por fin, a la luz de las llamas. Sonreía, naturalmente. Era algo muy triste y desolado este hombrecito. Le pareció ver detrás de él todos los largos días del invierno, el cielo gris, los árboles secos, la tierra adormecida, la ropa constantemente húmeda y el barro, ese barro que se metía en todas partes y que era como la sustancia del invierno. Afortunadamente contaba con el fuego. Y después de todo el invierno tiene sus encantos, aunque es indeciblemente melancólico, aquí en las islas. Todo tiempo tiene sus encantos, todo tiempo tiene sus peces.
Encendió un cigarrillo con una ramita y se tumbó junto al fuego. Allá arriba, muy lejos, parpadeaban las frías estrellas. "



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