Memorias de un niño campesino (fragmento)Xosé Neira Vilas

Memorias de un niño campesino (fragmento)

"Hace muchos meses que mi hermano Miguel se marchó para América. Todavía recuerdo cuando se despidió de nosotros. Mi madre, la tía Carmen y la abuela lloraban. Mi padre estaba serio como un palo. Ni lágrimas ni sonrisas; los hombres son hombres. El abuelo no quiso ir. A Celia, que está de criada en Loxo, le mandamos recado, pero no la dejaron venir los señores.
Yo estaba en medio de todos. Nadie me hacía caso. Se apuraban a darle consejos al viajero mientras no llegaba el autobús. Miguel decía a todo que sí con cara de «tanto me da». Le cogí una mano y me puse a contarle los dedos de un lado para el otro, desde el gordo al meñique. No dije ni pío, pero me gustaba que Miguel se marchase. Después me contaría muchas cosas. Y yo las diría en la escuela. Como no me hacía caso, de un tirón le llevé hasta el borde de la carretera. Se agachó y le dije al oído: «Yo quiero que te vayas. Mándame una carta desde América y cuéntame historias de allá». Se rió, me puso una mano en la cabeza y me revolvió el pelo. Sentí como una picazón, un estremecimiento en todo el cuerpo.
Escuchamos la bocina del Modelo. Venía a toda velocidad; con una montaña de cajones y cestos encima. Mi madre y la abuela besaban y abrazaban a Miguel y seguían lloriqueando. Mi padre levantó la maleta hasta donde estaba el revisor. Una maleta nuevecita, hecha por el carpintero de Quintela. Después apretó contra sí un instante a mi hermano. Antes de meterse en el coche, Miguel me cogió por el pescuezo, me dio un beso en la cara y con un «abur, Balbino», huyó como un relámpago. Yo me quedé hecho un papanatas. No supe decir ni hacer nada. Arrancó despacito el Modelo. Miguel miraba para nosotros mientras agitaba en el aire un pañuelo.
[...]
Callaron un momento. Yo seguí pensando en el pan de trigo y en el queso. Y en la buena suerte de Miguel. A mi padre no le gustaba dejar así aquella conversación y dijo que la gente moza deseaba conocer mundo e ilustrarse, y fue cuando el abuelo lanzó otro de sus discursos y dijo que lo malo era eso: que se marchase la juventud. Y que ojalá se tratase de una locura de viejos, porque los viejos dan pérdida, pero se va la gente que trabaja y el país está poblado de viejos y niños. También dijo que eso de ilustrarse eran cuentos de feria, pues muchos emigrantes, cuando se van, son personas que tienen buen juicio para entender y razonar muchas cosas y que después se vuelven monigotes. El abuelo comparó eso a un mirlo enjaulado. Dice que podemos alimentarlo a nuestro modo y hacerle silbar cualquier canción, pero no se acostumbra. Un día se libera y huye para el monte, pero en el monte es un ajeno, un mirlo echado a perder. Eso del mirlo sí que estuvo gracioso. "



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