La cocinera de Himmler (fragmento)Franz-Olivier Giesbert

La cocinera de Himmler (fragmento)

"Gabriel no dijo nada más: simplemente me besó en la cara, en el lugar de costumbre, entre la sien y el ojo. Me atreví a creer que había interpretado de manera correcta el sentido de su gesto, pero no conseguí preguntarle, por temor a quedar decepcionada con su respuesta. Sobre todo, me sentía aturdida. Acababa de recibir una de las grandes lecciones de mi vida: nunca se llega a conocer a alguien, incluso si se vive con él.
Si había conseguido ocultarme sus verdaderas convicciones políticas, no estaba a salvo de otras sorpresas. Empecé a imaginar que Gabriel me engañaba. Mientras yo sudaba en mi cocina, nada le impedía poner su arte del disimulo al servicio de una doble vida sentimental, teniendo en cuenta además que, después de tantos años, sentía menguar su deseo.
Pasaba a la acción con menos frecuencia y, además, terminaba la tarea con mayor rapidez. Por las noches, mientras dormía a mi lado, fantaseaba sobre sus supuestas infidelidades, y en esas ensoñaciones le veía cabalgar a una de esas chicas fáciles que, en los cócteles, giraban a su alrededor comiéndoselo con los ojos.
Todavía podía soportar el espectáculo de sus agitaciones dentro de mi cráneo, pero no aguantaba ni los gruñidos ni los gritos de placer agónico en mi pensamiento. Esos suplicios nocturnos dejaban dentro de mí una especie de sopor atroz del que me costaba reponerme y que hacía que me levantara con cara de muerto viviente.
Cuanto más lo pensaba, menos dudaba de que tenía el perfil de marido adúltero. No me hablaba nunca de lo que hacía durante el día y además era como si no se sometiese a ningún tipo de horario. Trabajaba mucho, pero sólo cuando le parecía. Era, además, una persona de humor constante, lo que no era mi caso, y nunca olvidaba las pequeñas atenciones, como los ramos de flores, que sonrosaban mis mejillas y que nosotras las mujeres sabemos bien que permiten a los esposos volubles comprarse una buena conciencia por poco dinero. Sin embargo, la agencia Duluc Detectives de la rue du Louvre me confirmó, después de un mes de seguimiento, que Gabriel estaba inmaculado.
Tras las revelaciones de L’Ami du peuple, Gabriel se encontró de la noche a la mañana sin trabajo: antisemita para los judíos y judío para los antisemitas, estaba quemado en ambos bandos. Debo reconocer que fue sobre todo para tenerle vigilado por lo que acabé convenciéndole, no sin esfuerzo, de que trabajase conmigo.
Había traspasado el local de la rue des Saints-Pères para adquirir un nuevo restaurante, bastante más grande, que abrí semanas después, en la plaza del Trocadero, conservando el nombre de La Petite Provence. Allí fue donde Gabriel y yo nos convertimos, durante un tiempo, en los reyes de París junto a nuestro gato Sultán, que había comprado para que cazase ratones, tarea que cumplía con consumado arte y distinción sin igual. "



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