Los hermanos Sisters (fragmento)Patrick deWitt

Los hermanos Sisters (fragmento)

"Era una figura lastimosa con su pequeña bolsita de dinero, pinzando el cordón del modo en que uno coge por la cola a un ratón muerto. Salimos detrás de él y contemplamos cómo se estiraba y reacomodaba la ropa y ataba las alforjas. Parecía querer pronunciar un discurso, pero o bien no encontró las palabras adecuadas o bien nos consideró poco dignos de escucharlo, así que guardó silencio. Montó su caballo y se marchó con un seco gesto de asentimiento y una mirada que decía: No me gustáis. Volvimos al sótano para contar el contenido de la caja fuerte; repartimos y nos guardamos en los bolsillos los billetes, un total de dieciocho billetes de cien dólares. El oro resultó ser demasiado abundante para cargarlo en nuestro viaje, así que lo escondimos debajo de una panzuda estufa que descansaba sobre una tarima de madera noble en la esquina del fondo del sótano. Fue un trabajo sucio, porque tuvimos que desmantelar el tubo de plomo para poder mover la estufa y los dos quedamos cubiertos de hollín; pero cuando acabamos pensé que nadie sería capaz de encontrar nuestro tesoro, porque a nadie se le ocurriría buscar en un lugar tan recóndito. Calculamos a ojo que aquel oro debía de valer unos quince mil dólares; sólo mi parte triplicaba mis ahorros, y mientras salíamos del húmedo sótano y subíamos por las escaleras hacia la luz, sentí dos cosas a la vez: alegría por ese giro de la fortuna pero también un vacío por no sentirme más alegre; o más bien miedo de que mi alegría fuese forzada o falsa. Pensé: Quizá un hombre en realidad nunca es verdaderamente feliz. Quizá no exista tal cosa en nuestro mundo, después de todo.
Mientras recorríamos los pasillos del hotel, las putas chismorreaban las noticias sobre la marcha de Mayfield con la cabeza ensangrentada y la desaparición de los tramperos. Observé a la puta de Charlie, que parecía sólo un poco menos verdosa que antes, me la llevé aparte y le pregunté dónde estaba la contable.
[...]
El puerto, a primera vista, no lo entendí. Había tantos barcos fondeados que sus mástiles parecían enredados entre sí de una forma imposible; había cientos, todos pegados unos a otros de forma tan compacta que aquello parecía un enorme bosque de árboles sin ramas mecido por las mareas. Charlie y yo nos abrimos paso hasta la línea de costa y todo a nuestro alrededor era caótico: hombres de todas las razas y edades corriendo, gritando, empujándose, peleándose; vacas y ovejas a las que hacían ir de un lado para otro; carros tirados por caballos que transportaban madera y ladrillos hacia lo alto de la colina por resbaladizas laderas cubiertas de barro, y el sonido de martillazos y edificios en construcción resonaba desde la ciudad hacia el mar. Se oían risas flotando en el aire, aunque no transmitían una sensación de felicidad sino de apetitos más maniacos y perversos. Barreño estaba nervioso y yo también. Jamás había visto nada ni remotamente parecido a aquello y me pregunté cómo íbamos a encontrar a un hombre en aquel laberinto de calles y callejones, donde todo era extraño, sombrío y furtivo. "



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