Otilia Rauda (fragmento)Sergio Galindo

Otilia Rauda (fragmento)

"Las ganas —de gritar y de verla— no se le quitaron fácilmente; sobre todo las segundas y con las horas el recuerdo de la Rauda se intensificó hasta abrasarle el pecho. Es falta de hembra —se dijo—. Mañana bajaré a Tatatila a ver a Rosario. Pero al día siguiente no se movió de su refugio y casi no comió. Al tercer día, borracho, emprendió la carrera hacia Las Vigas. Iba con los ojos de los embrujados, enormes y ciegos. Viajó a galope tendido mucho tiempo y más por instinto que por voluntad aminoró la marcha. La bestia agradeció el respiro, avanzó al trote. Rubén observó su alrededor, reconoció el sitio con sorpresa y desconcierto; aunque estaba todavía lejos de Las Vigas había avanzado con una rapidez inadvertida. La cautela volvió a ser parte primordial de su naturaleza. Una luz incierta lo rodeaba, pensó que antes de llegar al pueblo debía encontrar un lugar seguro donde atar el caballo. El sudor del animal le empapaba los muslos. De cuando en cuando se detenía a escuchar las voces del campo, oteaba el panorama. De pronto escuchó un quejido lastimero. Su oído se agudizó hasta que supo precisar de dónde procedía el lamento. Se repitió con largas e irregulares intermitencias. Desenfundó la pistola y fue hacia allá. Vio un cuerpo tendido en la tierra. El herido levantó la cara. El miedo y el dolor lo hacían infantil, tenía los párpados tumefactos y renegridos y de esas profundidades surgió un destello de esperanza que traspasó las gasas de la ebriedad de Lazcano. «Sálvame —suplicó—, me persiguen.» Rubén bajó con torpeza del caballo, dando tropezones, pues el alcohol le ponía invisibles zancadillas que le arrancaban mentadas de madre. Oscilante se detuvo a escuchar un murmullo. Nítido llegó a sus oídos el débil canto de un manantial o un arroyo y hacia él encaminó sus pasos titubeantes que lo condujeron a un rincón donde la hierba tenía visos de esmeralda. Se dejó caer: de rodillas. Sus manos se sumieron en el agua helada y haciendo con ellas una jícara se empapó la cabeza y la cara. Estaba tan borracho (no acostumbraba beber tanto) que su cuerpo le parecía ajeno, movido por otro albedrío, y se le ocurrió que si se metía en la poza el frío le haría recuperarlo y podría ayudar al muchacho. Con mil trabajos se quitó las botas; desabrocharse el cinturón con la cartuchera y el arma fue un triunfo que le iluminó el rostro, y luego, tiritando, arrojó las ropas a diestra y siniestra sin ver dónde caían. A gatas, para no perder el equilibrio, llegó a la orilla y más que zambullirse se dejó caer. El agua tenía poco fondo, apenas si alcanzaba a cubrirlo. Hundió la cabeza y sostuvo la respiración largo rato hasta que sintió que le reventaban los pulmones. Se puso en pie de un brinco. Sonrió con placer. Luego se tendió de espaldas, se recargó en los codos, un suave oleaje cubría y descubría su piel. El cielo, que empezaba a pardear, le cayó en la frente: vio más allá del ramaje un bóveda gris, que imaginó fría también, vibrar, temblar en millones de puntos que se desplazaban de un lado a otro mareándolo. Cerró los ojos y las vibraciones, ahora entre rojo y violeta, continuaron hasta que sus dientes comenzaron a castañetear. Los abrió otra vez y el cielo, ya inmóvil, era una distante mortaja que pronto sería negra. La sangre le circulaba con rapidez por todo el cuerpo. Se puso en pie nuevamente y ahora sí sintió el viento helado sobre toda su desnudez. Buscó la ropa y se vistió de prisa. Sus movimientos eran firmes. Del bolsillo de su pantalón sacó el paliacate y lo metió en el agua para limpiar las heridas del muchacho, quien vio con agradecimiento su regreso y se dejó frotar el rostro y la mano, sin miramientos, casi con violencia. "


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