La edad ingrata (fragmento)Henry James

La edad ingrata (fragmento)

"A última hora de la noche en el salón de fumar de Mertle, cuando los fumadores —hablantes y oyentes por igual— se alistaban a dispersarse, el señor Longdon le solicitó a Vanderbank que se quedara allí, y fue entonces cuando el joven, a quien durante toda la velada no le había dirigido ni una palabra, discernió por qué, un tanto anómalamente, el anciano había prolongado su vigilia. «Tengo algo especial que decirle, y he estado aguardando. Espero que no lo moleste. Es bastante importante». En el acto Vanderbank manifestó el más vivo deseo de complacerlo y, encendiendo raudamente otro cigarrillo, tomó a encaramarse en el ancho diván con que estaba amueblada buena parte de la estancia. El salón de fumar de Mertle no era indigno de la formidable elegancia general, y aun el invitado más atrabiliario se habría sentido claramente contento con aquel enorme sofá forrado de piel que, elevado uno o dos escalones por encima del suelo, apoyaba su respaldo contra dos de las cuatro paredes y dominaba, del modo más inmediato, una vista de la mesa de billar. Durante unos instantes el señor Longdon continuó deambulando con el aire de encubierto ensimismamiento que, durante la hora anterior y entre los demás presentes, no le había pasado inadvertido al ojo de su compañero: impulsó una o dos bolas, examinó la forma de un cenicero, balanceó sus lentes casi con violencia y rehusó tanto fumar como sentarse. Vanderbank, acomodado en su elevado asiento y esperando el desarrollo de los acontecimientos, ofrecía un poco el aspecto de un criminal fascinante que, en el tribunal, hubiera intercambiado su sitio con el del juez. Se diferenciaba de otros hombres notablemente apuestos en que el efecto de vestir traje de etiqueta no era, con una obstinación frecuentemente observada en tales casos, el de realzar su porte. Su tipología se veía más bien aminorada que potenciada, y además permanecía allí sentado con una básica circunspección muy a tono con la deferencia que, desde los inicios de su relación con este amigo a la antigua usanza, había aceptado como impuesta. Tenía un gran sentido de los matices del respeto y ahora se preocupaba por no repantigarse más de lo que lo habría hecho ante un superior oficial.
[...]
Cultivando su desapego, al principio Vanderbank no dio más respuesta que si no hubiese oído, y entretanto sus compañeros exhibieron semblantes que acaso dieron menos fe de una ausencia de ansiedad de lo que lo habían hecho sus respectivos discursos. La única manifestación que de momento hizo fue incorporarse y acercarse a Mitchy, ante el cual permaneció un instante riendo bastante educadamente pero de un modo no enteramente alegre. Luego, como para ofrecer una mejor prueba de alegría, pasó a asirlo por los hombros y, sin hablar aún, lo empujó hasta acomodarlo en el asiento que él mismo acababa de abandonar. Desde el sofá, mientras tenía lugar esto, la mirada de la señora Brook permaneció fija en los visitantes. Vanderbank, mientras se paseaba por la estancia y sus compañeros aguardaban, tardó un instante más en dar rienda suelta a lo que llevaba en sus pensamientos. "



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