Un vagabundo de las islas (fragmento)Joseph Conrad

Un vagabundo de las islas (fragmento)

"Y entonces el alma de la muchacha experimentó un proceso complicado y penoso. Mientras escuchaba con el corazón palpitante aquella especie de llamada de socorro de Willems, le pareció que todo el edificio de su amor se derrumbaba con estrépito, y que todos sus afanes, desde que conoció a aquel hombre, los destruía él en un instante con su falsedad y con su miedo. Su memoria recordó entonces los días pasados junto al torrente, cuando él le hacía promesas y le hablaba de un modo tan distinto, con otras palabras, con otros pensamientos; pensamientos, promesas y palabras que salían de los labios de aquel hombre al mandato de los ojos o la sonrisa de ella… ¿Es que Willems ocultaba en su corazón algo que ella desconocía, algo además de la imagen de ella? ¿Albergaba en su pecho otros deseos que el deseo de su amor, otros temores que el temor de perder su amor y su ternura? ¿Era posible aquello? ¿Acaso se había vuelto fea y vieja en un momento? Estaba aterrada, sorprendida y colérica a la vez, por aquella inesperada humillación… Y sus ojos miraban de un modo fijo, duro y sombrío a aquel hombre, nacido en la tierra de la violencia y de la maldad, de donde no salían más que desgracias, horrores y humillaciones para los hombres que no eran blancos. Y él, en vez de pensar en las caricias de la joven, en lugar de olvidar el mundo entero entre sus brazos, pensaba todavía en su pueblo, en su raza lejana, en aquella raza odiosa que sólo sabía saquear todas las tierras y todos los países, hacerse dueña de todos los mares; en aquella raza que desconocía la piedad y la misericordia para los vencidos, que sólo adoraba y acataba su propia fuerza. ¡Ah! Willems era también, como todos los de su raza, un hombre de fuertes brazos y falso corazón… ¿Y quería que ella se marchara con él a un lejano país de hombres de su raza, en el que se vería perdida entre una multitud fría e indiferente, de corazones falsos, donde, para colmo, quizá se perdiera él también? ¡No, no, nunca! Willems estaba loco, loco de miedo… Pero no le dejaría escapar. Ella le quería allí, allí mismo, convertido a la vez en su esclavo y en su dueño; allí, donde él estaría solo con ella, donde viviría para ella o moriría por ella. Tenía un derecho indiscutible a su amor, que ella había hecho nacer, que era obra suya; tenía derecho al amor que él sentía, aunque pronunciara aquellas palabras sin sentido. Y sabía lo que tenía que hacer: pondría entre él y los otros hombres blancos, los hombres de su raza, una barrera de odio. Y Willems no sólo debía quedarse allí, sino cumplir su promesa de ayudar a tuan Abdulah, lo que constituía, en el fondo, la seguridad de la muchacha. "


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