Huida al Norte (fragmento)Klaus Mann

Huida al Norte (fragmento)

"Acompañó a Johanna hasta la casa de huéspedes, rodeando el edificio principal. Ella se despidió en la puerta. La ancha avenida de gravilla que conducía a la entrada del jardín brillaba. La franja de césped del medio parecía fluir como agua oscura entre aquel blanco fosforescente.
En su habitación, Johanna se sentó a la mesa, que cojeaba siempre que se la tocaba; una de sus cuatro escuálidas patas debía de ser demasiado corta, y tenían que haber colocado algo debajo. «Es necesario que escriba una carta», pensó. Colocó ante ella una hoja de papel y comenzó: «Querido Bruno»; pero volvió a dejar la pluma. Miró como hipnotizada por la ventana abierta hacia el cielo, vidrioso y de un color verde azulado, el cual, sin piedad, dilapidador, mantenía su luminosidad… luminoso, luminoso hasta la desesperación y el arrobamiento, durante toda la noche. Johanna apoyó la cara en las manos. Esta luz, como una incesante, leve y tintineante nota argéntea, absorbía todos sus pensamientos o más bien los pensamientos a los que se sentía obligada, los pensamientos que, según creía, hubieran debido corresponderle: pero no podía concentrarse ni en Alemania ni en sus amigos de París. Las imágenes de los últimos días tenían una fuerza arrolladora. El preludio con Jens, bastante indigno y confuso; el consolador abrazo de Karin, fraternal, más que fraternal; y Ragnar. Ragnar entre los perros, el joven hacendado; Ragnar en su sotana multicolor, el sacerdote guerrero; Ragnar como remero, con el cuerpo desamparadamente inclinado; Ragnar, joven divinidad marina, rodeada de la espuma del agua. Ragnar próximo a ella, y ella en el asiento encantado, el columpio, cuna de los recuerdos. Los cabellos, los ojos y la boca de Ragnar. Un hombre inútil. La gracia torpe de sus movimientos. Su voz, el corte de sus ojos. ¿Entonces voy a quedarme durante algún tiempo más? Sin embargo, quizá parta mañana. O pasado mañana. «¡Es magnífico!».
Consideró si debía correr las cortinas. Si esta luz cesaba de tintinear en su habitación como una nota sostenida durante demasiado tiempo, quizá consiguieran, a pesar de todo, ordenarse un poco sus pensamientos. Sin embargo, dejó abiertas las cortinas. "



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