La tristeza de los ángeles (fragmento)Jón Kalman Stefánsson

La tristeza de los ángeles (fragmento)

"Ese hombretón, que no teme ningún temporal, que ha sido azotado por toda clase de tormentas en las travesías de montaña más peligrosas sin rendirse nunca, está paralizado por el pánico. Le tiene miedo al mar, había dicho Helga, pierde la cabeza, ahora el muchacho entiende a qué se refería. El viento aumenta, ellos siguen remando, el mar se revuelve en torno al bote, se oye un ruido parecido al respirar de una bestia gigantesca, el océano pocas veces permanece en silencio y las olas forman valles cada vez más hondos. ¡Sigue remando a mi ritmo!, brama el muchacho, obligado a gritar para hacerse oír, justo cuando el mar y el viento están a punto de perder la paciencia con ellos, ¿qué estáis haciendo aquí?, bufa el viento, y las olas se alzan y rompen. ¿Me oyes?, vocifera el muchacho de nuevo sin dejar de remar, sin aminorar la marcha, sin ceder ante el creciente cansancio, la falta de aliento, ¡me oyes, Jens!, grita con todas sus fuerzas, y el cartero emite un gruñido parecido a un sí. ¡Esto está hecho!, grita el muchacho con voz potente, en un tono calmado y neutro, como si de repente hubiese madurado y hubiera desaparecido toda la tensión, sólo tenemos que seguir con este ritmo, remar acompasados, así mantenemos el bote en movimiento, así seguimos avanzando y… las olas no nos romperán encima, ¡simplemente no pares! Iba a decir que de ese modo había menos posibilidades de que el oleaje rompiera sobre el bote, pero se da cuenta a tiempo de las implicaciones de la palabra menos, que sin duda habrían aumentado el terror de Jens, que no responde nada y continúa remando al ritmo del muchacho. Los dos hombres se mecen hacia delante y hacia atrás como el péndulo de un reloj, si pararan, el tiempo se detendría y morirían. El bote sigue avanzando, alzándose contra el viento incesante, sobre el mar erizado. El muchacho sigue remando, concentrado, el miedo del cartero, ese gigante taciturno, le da confianza en sí mismo, aumenta su fuerza, se olvida del abismo negro bajo sus pies, aunque sea un cofre de peces y marineros ahogados y no falte mucho para que acoja a dos más. Las vidas de los hombres son una vibración en el aire, pasan tan rápido que los ángeles se las pierden si parpadean. Jens mira fijamente hacia delante, se mueve como una máquina, no aparta los ojos de la espalda verde del muchacho y así intenta obviar la existencia de ese mar insaciable de negrura abismal. Los dos tienen las manoplas caladas, las caras mojadas de agua de mar, y les escuece la sal. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com