El seductor (fragmento)Jan Kjaerstad

El seductor (fragmento)

"Ahí estás, mirando el cadáver de tu mujer, mirando sin cesar, no entiendes por qué las lágrimas siempre han de llegar cuando escuchas esa música, notas que las lágrimas distorsionan lo que ves, buscas algo en los bolsillos, un prisma, antes de recordar que lo has regalado, y piensas que allí nunca serás capaz de encontrar otro ángulo, de fraccionar lo que ves delante de ti, de salirte del conjunto y de meterte en el detalle, imposible, piensas, imposible delante de toda esa sangre, piensas, y entiendo, o intento entender más que todos los demás por qué no te acercas al teléfono, por qué no lo denuncias, por qué optas por entrar en el cuarto de baño, por qué sientes una pavorosa necesidad de lavarte, o no de lavarte, sino de enjuagarte, te arrancas la ropa, la esparces por doquier, tiras uno de los helechos antes de entrar en la cabina de la ducha, abres el grifo y cierras los ojos, dejando que el agua te caiga encima mientras la pones cada vez más caliente, como si no consiguieras que esté lo suficientemente caliente, permaneces mucho tiempo en la ducha sin usar jabón, limitándote a dejar que el agua caliente te lave, hasta que por fin cierras el grifo y sales al baño, que está lleno de vapor, como en la vieja Casa de Baños de Torggata, piensas, te colocas frente al lavabo, ves un espejo cubierto de vaho, miras hacia todos los objetos de Margrete en el estante, las sales de baño, y recuerdas cómo le gustaba bañarse, cómo le gustaba el agua ardiendo, como a los japoneses, piensas, cómo disfrutaba con esa capacidad única de disfrutar de todo, de convertir lo más cotidiano en puro placer, piensas, y miras todos esos frascos y botes raros que son suyos, que eran suyos, abres un frasco de perfume, y hueles, inhalas, de repente recuerdas un montón de cosas relacionadas con ese olor, y notas que tu cabeza empieza a empañarse, igual que el espejo, y sabes que estás a punto de desmayarte, te agarras al lavabo y piensas que tienes que hacer algo sensato, entonces coges la máquina de afeitar, que es mejor que la pequeña que llevas en la maleta y empiezas a afeitarte, te afeitas de la misma manera que te afeitas siempre, esforzándote por seguir el mismo sistema, como si sólo el hábito, la rutina, pudiera salvarte en ese momento, mantener alejado el caos, o como si fuera importante pensar en el aspecto justo ahora, por si un equipo de la televisión anunciara su llegada. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com