Las efímeras (fragmento)Pilar Adón

Las efímeras (fragmento)

"Siguió tendida al lado de la puerta, con Tom sujetándola del impermeable, y desde aquella posición no vio bien de qué objeto se trataba. Qué era lo que había cogido Anita y con qué había empezado a correr enloquecida como una bestia golpeada. No supo qué se proponía, y cuando pudo descifrarlo, cuando segundos después supo por fin qué era lo que estaba sucediendo, le costó creerlo. Porque no era proporcionado ni oportuno. Y porque jamás habría imaginado que aquella mujer pudiera llegar a hacer lo que estaba a punto de hacer. Por supuesto, había bebido. Y, por supuesto, todos ellos sabían matar. No había nadie en la comunidad que no pudiera hacerlo o que no hubiera visto cómo se hacía. Convivían con animales muertos, desollados, con heridas abiertas y gemidos de dolor. Perros que se interponían en la trayectoria de una bala no destinada a ellos. Zorros que cruzaban el camino por el sitio menos propicio. Aves que no habían sabido captar el sonido del cazador moviéndose entre la maleza y que no habían permanecido todo lo silenciosas e inmóviles que debieran. Pero la confusión de la sangre, lo primario de la búsqueda, el rastreo y la aniquilación no tenían sentido en ese momento, ese día, en su cobertizo. No se esperaba de ellos que estuvieran preparados ni vigilantes, agazapados como alimañas que rondan a su presa. No necesitaban tener munición dispuesta ni mantenerse al acecho. Dora no habría podido disparar contra aquella criatura ni habría podido clavarle un objeto afilado aunque hubiera llevado consigo una escopeta o un cuchillo. No habría hecho nada de todo aquello se encontrara donde se encontrase o contara con las armas con que contase que, en ese momento, eran nulas, porque el reptil la había mirado como si comprendiera lo que decía y lo que hacía, con la boca abierta, con la boca cerrada, y con la expresión seria que a menudo ella veía en sus perros. Con esa atención expectante. Con ese asomo de entendimiento que parecía evidenciar que, de alguna manera, existía un vínculo, una coherencia, tras siglos de evolución. Dora no deseaba atacar a un animal que había salido de su escondrijo para acercarse, erguirse, mirarla y luego dejarse cazar con tan absurda facilidad. No había nada de placentero ni de heroico en abatir una pieza tan sencilla, un reptil que se había detenido en el mismo sitio, lento y torpe, sin ser consciente de que debía huir de una mujer que llevaba una azada entre las manos para partirlo en dos con la afilada pieza de hierro surcada de barro y de múltiples arañazos plateados a causa de las piedras contra las que iba a chocar en el terreno de las Oliver. No movió las patas ni retrocedió. No se mostró en posición de ataque ni tampoco de defensa. Sencillamente, se dejó partir por la mitad y luego permitió que la cola se agitara de forma ahora sí muy activa entre los jerséis, los libros de Violeta, la tela de las sábanas que se extendían arrugadas más allá del colchón y la misma cesta de mimbre en que solían guardar la ropa sucia y de la que no tenía que haber salido nunca.
Anita no dijo nada. No se rio ni se explicó. No se justificó. Se estaba comportando con una violencia sorprendente que parecía no haberse agotado todavía. Porque después de haberse deshecho de la azada, sin volverse a mirar siquiera el cuerpo roto del reptil, se dirigió a Dora y, tirando de uno de sus brazos, la obligó a levantarse y a que avanzara a su lado, a trompicones, hasta haber recorrido el breve espacio que aún quedaba a cubierto de la lluvia. Salieron las dos así, de esa manera atropellada, a la tierra de la parte posterior de la casa, donde, sin pronunciar una sola palabra y sin ninguna excusa, volvió a tirarla al suelo empapado. "



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