Los días (fragmento)Taha Husein

Los días (fragmento)

"Avanzaba el niño con su lazarillo hasta cruzar el patio, y, luego de subir ese escaloncillo en que comienza la verdadera mezquita, sentía lleno su corazón de sumisión y de humildad, y su alma desbordante de veneración y respeto. Aflojaba el paso al pisar la vieja estera, que acá y allá, por algunos rotos, deja al descubierto el suelo, como si quisiese dar a los que la huellan ocasión para gozar el privilegio del contacto directo con aquel suelo purificado. Le gustaba al niño el Azhar en ese preciso momento en que los que han rezado la oración de la aurora se desparraman, con los ojos hinchados todavía de sueño, para formar corros en torno de esa o de aquella columna, esperar a tal o cual profesor, y oír su lección de Tradición profética, o de Comentario del Alcorán, o de Fundamentos dogmáticos, o de Teología, porque en ese momento el edificio estaba tranquilo y aún no se había formado en él ese extraordinario bullicio que lo llena desde la salida del sol hasta que se reza la oración de prima noche. Sólo oírlas en él conversaciones en voz baja, o tal vez a un mozuelo que recitaba el Alcorán en tono tranquilo y ponderado. Acaso pasarías junto a alguien que rezaba solo, por haber marrado la oración en común, o porque, luego de cumplido el precepto, hacía otra plegaria supererogatoria. Acaso oírlas también, acá o allá, a un profesor que comenzaba su lección con una voz desmayada, como de alguien que acaba de despertarse para rezar, pero que aún no ha tomado ningún alimento que dé a su cuerpo fuerzas ni energía. Con tono tranquilo, dulce, entrecortado, le escucharías principiar así: «¡En el nombre de Dios Clemente y Misericordioso! ¡Loado sea Dios, Señor de los Mundos! ¡La bendición divina y la paz caigan sobre el más noble de los Enviados, nuestro Señor Mahoma, y sobre sus familiares y compañeros todos! Dice el autor, de quien Dios Altísimo tenga misericordia y de cuya ciencia nos haga aprovecharnos, amén, que…».
Los estudiantes escuchaban aquella voz con una lánguida tranquilidad muy parecida a la del maestro. Muchas veces el niño ponía en parangón para sus adentros las voces de los maestros cuando hablaban con ese tono en la lección de la aurora y cuando hablaban en la lección del mediodía: al alba sus voces eran desmayadas y suaves, como si hubiese en ellas un poco de sueño, mientras que a mediodía se tornaban recias, llenas y violentas, aunque también con un poco de desgana, que nacía del hartazgo de sus barrigas, llenas de lo que, a la sazón, era la comida de los azharistas, es a saber, habas y encurtidos, o cosas parecidas. En las voces de la aurora, la invocación en favor de los autores era como una muestra de benevolencia, mientras que en las voces de mediodía resultaba un desafío, casi un ataque personal. Este contraste divertía mucho al niño y le producía verdadero placer. "



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