La tabernera y las tinajas (fragmento)José María Rodríguez Méndez

La tabernera y las tinajas (fragmento)

"TABERNERA.— (Cerrando la puerta.) Válgame Dios. ¡Cuánta energía, se necesita pan salir adelante! ¡Qué tristeza tan grande vivir sola, sin apoyo de hombre! Si no fuera porque Dios la asiste a una desde lo alto, que yo lo veo... no sé cómo podría aguantar tanto. Y porque Dios la ha hecho a una honrada. ¡Gracias, Señor, por haberme hecho honrada! (Suenan golpes en la puerta ) ¿Quién?
ALCALDE.— Yo... ¿No me conoces?
TABERNERA.— ¿Y quién es... yo?
ALCALDE.— ¡El presidente del excelentísimo Ayuntamiento!
TABERNERA.— ¿Qué? (Aparte.) ¿Quién ha dicho que es? ¡Dios me salve! Se me representa que viene un pez gordo a mi puerta. ¡Dios mío, qué sofoco! ¿Qué hago? Altas horas son... Pero Dios me ayuda. ¡Voy..., voy!... (Abre la puerta.) ¿Usted, señor alcalde?
ALCALDE.— ¿Pues no te lo estoy diciendo?
TABERNERA.— Dígame qué se le ofrece, aunque son horas de cerrar.
ALCALDE.— Cierra, cierra la puerta, que tengo que hablarte de cosas serias.
TABERNERA.— ¿Cosas serias? ¡Uy, no me asuste usted!
ALCALDE.— Cosas graves.
TABERNERA.— Pues usted dirá., señor alcalde, que la que es inocente y honrada no tiene miedo a calumnia ni injuria.
ALCALDE.—- Hay mucha mala sangre en el pueblo.
TABERNERA.— De eso a una servidora no se le alcanza nada, que mis obras a la luz están para que las examine quien tenga que examinarlas.
ALCALDE.— Te diré, te diré, querida tabernera... Si me he atrevido, aprovechando las sombras de la noche, a llegar a este lugar, es porque mi... mi afecto..., mi extraordinario afecto a tu persona....
TABERNERA.— Siga, señor alcalde.
ALCALDE.— ¡Ay!..., es que cuando... te veo..., cuando te veo, me vuelvo como un colegial. ¿No habías oído mis suspiros nunca, preciosa tabernera? ¿No me viste detrás de la reja, cuando esta mañana pasaste por delante de la Casa Consistorial?
TABERNERA.— Todas las mañanas paso por delante de esa reja para ir a misa de diez. Que Dios me condene ahora mismo si yo he puesto mi pensamiento en algo que pueda, manchar mi alma.
ALCALDE.— Estoy acostumbrado a soñar, querida tabernera.
TABERNERA.— También yo tengo sueño. señor alcalde. Y si no le trae otra cosa, con el permiso de usía...
ALCALDE.— Me trae un alto deber.
TABERNERA.— Pues dígalo en hora buena, que soy toda a escucharle.
ALCALDE.— Es que..., es que... ¿No me puedes dar un poco da agua de seltz?..., que tengo una cosa en el estómago...
TABERNERA.—- (Coloca el vaso en la barra.) Aquí tiene usted el agua de seltz.
ALCALDE.— Gracias..., gracias...;, nunca probé bebida tan sabrosa... Viniendo de tus manos...
TABERNERA.—- Las manos quietas, señor usía.
ALCALDE.— ¿Por qué? ¿Por qué eres tan esquiva? ¿Por qué no confías en un hombre cuyas sienes platean y que sólo desea tu bien?
TABERNERA.— ¡Mal le ha dao la noche de mayo, señor alcalde!
ALCALDE.— Un peligro grande te acecha, hermosa tabernera de mi alma. ¡Conspiran contra ti!
TABERNERA.— ¿Acabará al fin? Mire cómo tiemblo. "



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