Un aprendiz de historiador en la Alemania de postguerra (fragmento)António Oliveira Marques

Un aprendiz de historiador en la Alemania de postguerra (fragmento)

"A los 23 años emprendí un viaje a Alemania, cuyo principal objetivo era la preparación de mi tesis de doctorado. Aprender la lengua vernácula y viajar por aquel enorme país eran, sin duda, motivos secundarios pero no carentes de relevancia. Por aquel entonces -año 1956- se debatía mucho acerca del tópico de la reconstrucción de Alemania, Deutsche Wunder. Con anterioridad, había logrado aprender, siquiera rudimentariamente, la estructura de la lengua germana y aún se hallaban vigentes diversas expresiones propias del nazismo: der Führer, die Stadt der Bewegung, die Bizone, die Ostzone, tras el «reparto» de Berlín... La curiosidad por parte de un alma joven era del todo irresistible, especialmente por mi condición de aprendiz de historiador, cuya infancia había transcurrido, durante la ominosa contienda bélica, en un país libre de guerra. De hecho, en mi país nadie era capaz de acertar a comprender mi germanofilia. Casi toda la familia era ferozmente «aliadófila», pero tal vez por esa misma razón siempre me consideraron un rebelde, anticonvencional y un crítico absoluto de lo más díscolo. Alguien, quizás, maledicente, agresivo, que sería necesario ver cómo es...
En ese tiempo yo escribía un diario. Lo cierto es que lo conservé y hoy día es la fuente principal de estas presentes memorias. La mitad está escrita en alemán, un alemán de principiantes lógicamente, además de muchas frases y portuguesismos presentes en la sintaxis de varios vocablos: até: atolar, por ejemplo. Alguien me había dicho que debía escribir el diario en la lengua en que se vivía. Era el alemán, así que lo transcribí en alemán.
[...]
Para un lisboeta, Alemania se perfilaba en su imaginación como una suerte de Polo Norte. De octubre a mayo no dejé de usar calzoncillos, camisones, gabanes y hasta sombrero. Y, sin embargo, el frío penetraba por todos los poros de mi ser: oídos, nariz, cuello de la camisa, entrepierna y me congelaba los ateridos pies. Con frecuencia caía cualquier cosa del cielo. Me refiero a lluvia o nieve de matices varios y, además, soplaba un viento glacial proveniente de diversos puntos del globo terráqueo. El 1 de abril de 1957, en Hamburgo, al vestirme para salir, no pude evitar llorar observando una nieve pastosa e indolente que se precipitaba sin cesar. Incluso cuando lucía el sol, no se atenuaba el frío. En una ocasión me dispuse a visitar la fortaleza Marienberg, Festung Marienberg, en Wurzburgo, una mañana radiante de sol pero con una temperatura de -7ºC, que me hizo zozobrar en el primer asiento que hallé en la cima, arqueando mi osamenta como si tuviese setenta años. La luz era escasa. En los días de invierno, encendía la luz a las tres de la tarde. "



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