Nosotros (fragmento)Yevgueni Zamiátin

Nosotros (fragmento)

"Ahora me he situado delante del espejo y, por primera vez en mi vida, me contemplo con plena claridad y conciencia. Me contemplo sorprendido, como a un extraño. Éste soy yo... ¡Pero no!, éste es otro; unas cejas negras y rectas y entre las dos un profundo pliegue vertical, como si fuese un rasguño (no puedo acordarme siquiera de si antes existía o no esta arruga).
Unos ojos acerados, azules y, debajo, unas sombras oscuras producidas por el insomnio; y detrás del acero... jamás supe lo que hay detrás. Y desde mi puesto de observación de mí mismo, estoy muy cerca y no obstante infinitamente lejos de mí. Me contemplo, es decir, miro al otro, y estoy convencido de que éste, el de las cejas rectas como una regla, es un extraño. No le conozco y es ésta la primera vez que me tropiezo con él. Pero el verdadero yo soy yo mismo, y no él...
No. Punto. Todas estas son tonterías, todas estas son sensaciones absurdas. Estos pensamientos no son más que unos delirios febriles, una consecuencia del envenenamiento de ayer. Pero ¿con qué me habré envenenado en realidad, con el líquido verde... o tal vez con ella? No importa. Escribo y llevo todo esto al papel, sólo para demostrar por qué caminos tan erróneos y extraños puede ir el ser humano, y por dónde puede perderse y extraviarse la razón pura y exacta de la inteligencia. La misma inteligencia que fue capaz de hacer comprender a nuestros antepasados aquel Infinito tan terrible...
En el numerador aparece una casilla: R-13. Bueno, que suba. Incluso celebro su visita. No me gustaría tener que seguir tan solo ahora.
Veinte minutos después:
En la superficie del papel, en el mundo bidimensional, estas líneas aparecen una debajo de otra, pero en aquel otro mundo... Pierdo el sentido de los números: 20 minutos... quizás representen también 200 o incluso 200.000. Se me antoja sumamente extraño que deba trasladar al papel mi conversación con R, en forma tranquila, uniforme, sopesando cada una de las palabras. Me da la impresión de que estoy sentado con las piernas cruzadas en un sillón delante de mi cama y observo, lleno de curiosidad, cómo yo mismo me agito violentamente en esa misma cama.
Cuando R entró en el cuarto, me sentía absolutamente tranquilo. Alabé sinceramente los versos de la condena, que habían sido obra suya, y le dije también que aquel demente había sido vencido y destruido sobre todo por aquellos versos.
-Si me hubiesen encargado a mí - añadí - hacer una descripción esquemática de la máquina del Bienhechor, sin ninguna duda habría añadido sus versos.
Los ojos de R perdieron de pronto su brillo habitual, y sus labios se volvieron lívidos.
-Pero ¿qué le sucede?
-¿Qué me sucede? ¡Pues que estoy harto! Todo el mundo no hace más que hablar de aquella condena. Y no quiero, no, no quiero oír hablar de ella.
Frunció el ceño y comenzó a frotarse la espalda, esa maleta de extraño contenido que siempre me ha intrigado.
Medió una pausa. Había encontrado algo en su maleta, lo extrajo y lo desenrolló: sus ojos sonreían, mientras hablaba con voz enérgica:
-Escribo algo para su Integral de usted... Aquí está...
Volvía a ser el mismo de siempre: sus labios chasqueaban y las palabras salían como un surtidor.
-Es la vieja leyenda del Paraíso..., claro que amoldada a nosotros, trasladada al presente. A aquellos dos, en el Paraíso, se les había puesto ante una alternativa: o dicha sin libertad o libertad sin dicha. Y aquellos ignorantes eligieron la libertad. Era de esperar. Y la consecuencia natural y lógica fue que durante siglos y siglos añoraron las cadenas. En esto consistió toda la miseria de la humanidad. Y solamente nosotros somos los que nos hemos dado cuenta de cómo puede recuperarse la dicha...
Por favor, no me interrumpa.
El antiguo Dios y nosotros a su lado, a la misma mesa; sí, señor. Nosotros hemos ayudado a Dios a vencer por fin al diablo..., porque no cabe duda de que fue el diablo el que instigaba a los hombres a que transgredieran su mandamiento: el mandamiento de no probar la fruta prohibida que los había de perder, él indujo a los hombres a violar la prohibición y a gustar de la funesta libertad, él, la astuta serpiente. Nosotros le hemos aplastado la cabeza a la sierpe satánica... Volvemos al Paraíso, volvemos a ser pobres de espíritu e inocentes como Adán y Eva. Ya no existe un bien o un mal. Todo carece de complicación y todo se ha vuelto simple y sencillo, paradisíaco, infantilmente simple. "



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