Saint Germain o la negociación (fragmento)Francis Walder

Saint Germain o la negociación (fragmento)

"Nuevamente nos hallamos en pleno imperio de la paradoja. Monsieur de Mélynes se puso a defender acaloradamente las más pequeñas ventajas de Angoulême; sin duda quería salir al paso a la posibilidad de que, para guardar la ciudad, Monsieur de Ublé se mostrara demasiado complaciente y no le importara perder las ventajas marginales aparejadas a aquella plaza, con tal de salirse con la suya. Y mientras uno trataba de fatigarme con su intransigencia, el otro no quería perder lo que creía mi buena voluntad hacia él. Pero, en realidad, la batalla se libraba en el difícil terreno del amor propio de cada uno. Nuestros adversarios parecían haber olvidado el mandato colectivo recibido, el bien superior, la causa a que debían atenerse; sólo eran dos hombres aferrados tozudamente a sus particulares opiniones y decididos, uno y otro, a que triunfara su punto de vista.
Me puse de parte de Monsieur de Ublé y unimos nuestras voluntades contra la del conde. Era como si se hubiera operado un cambio de alianzas en el seno del comité. Monsieur de Mélynes se mantenía repantigado contra su sillón y con su nariz más y más enhiesta a medida que la discusión arreciaba. Parecía que se lanzaba a fondo para impedir nuestra doble arremetida. Lo que en aquellos momentos hacía Monsieur de Biron, confieso que no lo recuerdo. Sin duda asistía a aquel juego de gran estilo un poco aturdido y sin saber a ciencia cierta qué era lo que estaba ocurriendo. Es muy posible que sus primarias ideas acerca de lo que debía ser una negociación, sufrieran serios embates al presenciar nuestro forcejeo.
Se rozaron las franquicias de que gozaba el puerto de Angoulême. ¿Debían cederse junto con la ciudad? ¿Qué sería de ciertas fábricas de pólvora que el rey poseía en su recinto? ¿A qué manos irían a parar?
[...]
Este diálogo, tan poco diplomático en su torpe sequedad, fue prolongándose por algún tiempo sin otra justificación que el secreto goce y regodeo de Monsieur de Mélynes y el mío. Éramos en realidad los únicos que sabíamos adónde íbamos. Monsieur de Ublé iba mostrándose más y más inquieto, pues comprendía que, dada nuestra actitud, algo anormal y fuera de lo previsto estaba ocurriendo. "



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