Hierba para enamorar (fragmento)Teresa Moure

Hierba para enamorar (fragmento)

"La sorpresa ya no la podía sorprender, porque ya la había intuido en el aire, en el canto que graznaban las gaviotas y en la manera deshonesta en que los tulipanes ofrecían sus hojas a la vista, sin ni tan solo una gota de rocío… Y, aún así, cuando la vio, la sorpresa le hizo dar un respingo. Una lujosa carroza con cristales en las ventanas en lugar de simples cortinas, la esperaba a la puerta de su casa. Un cochero en el pescante, una dama joven, insignificante de tan compuesta a un lado, y delante una mujer que la miraba. Tenía las manos grandes, la nariz demasiado larga, los cabellos abundantes de dolor castaño y los ojos salientes, intensos, un poco de pez... A medida que avanzaba, Hélène controlaba el paso. Primero cogió aire profundamente, que le llegase al vientre y le permitiese evitar el ahogo, que si llego sofocada es porque llego de trabajar, no como otras que no han trabajado en su vida, que es de buena mañana y no vengo de dormir, sino de atender a esta pobrecilla mía, palomita... Hélène se repasó mentalmente el cuerpo: levantó los hombros, que no diese la impresión de no poder llevar el peso de la vida, dejó que el busto subiese y se insinuase, rumboso, a la vista de quien la mirase. Sigilosamente, con cuidado, se limpió las manos en la parte de atrás de la falda, que es oscura y lo aguanta todo. Tanto si la falda era sufrida como si no, llevaba las manos limpias que se las acababa de lavar en la jofaina que le había ofrecido Zacarías, que no era de limpieza que se resentían las manos, sino de la necesidad de moverse, que de pronto, Hélène, sintiéndose observada le sobraba todo el cuerpo y no sabía qué hacer. Miró a la señora del carruaje. De ninguna manera era guapa. No se podía comparar con ella, aunque fuese diez o doce años más joven. Y, sin embargo, aquellos ojos de pez, feos, salientes, de mirada fija…tenían un no sé que de atractivo, como de sirena invertida, cuerpo de mujer y cabeza de pez, que se diría que eran ojos de alguien que había estado sumergido en las aguas y había vuelto... Se diría, y Hélène avanzó más segura al notar que tenía palabras para nombrar lo que veía, que los ojos de la dama del carruaje habían visto la tristeza que cabe en todos los matices del blanco. "


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