La extraña derrota (fragmento)Marc Bloch

La extraña derrota (fragmento)

"Igualmente, cuando se comprendió, ya a raíz de las primeras derrotas, que era posible que nuestros altos mandos no estuvieran del todo libres de culpa, ¿a qué sangre joven y fresca se le pidió que devolviera algo de vigor al ejército? Se puso a un generalísimo del estado mayor de la guerra anterior a la cabeza de los ejércitos; se escogió a otro de estos generalísimos como consejero técnico del gobierno (el primero había sido de hecho vicepresidente del Consejo Superior, mientras el segundo, por el mismo tiempo, había ocupado el cargo de ministro de Guerra); ambos fueron posteriormente responsables, por diversos conceptos, de métodos cuyos vicios saltaron a la vista de todo el mundo. Hasta ese punto ejercí­an aún un imperio sobre los ánimos, tanto en los círculos militares como entre nuestros gobernantes de la esfera civil, la superstición de la edad, el respeto de un prestigio sin duda venerable, pero que aunque sólo fuera para protegerlo, habría debido envolverse reverentemente en el sudario de púrpura de los dioses muertos: y por último, el falso culto de una experiencia que, al ir a buscar sus supuestas lecciones al pasado, no podía sino conducir a interpretar mal el presente. Es verdad que se nombró asesor del gobierno a un general de brigada recientemente ascendido. ¿Qué hizo? Lo ignoro. Sin embargo, mucho me temo que, en presencia de tantas constelaciones, sus dos míseras estrellas no hayan tenido demasiado peso. El Comité de Salvación Pública lo habría nombrado general en jefe. Hasta el final, nuestra guerra habrá sido una guerra de hombres viejos o de especialistas temáticos enfangados en los errores de una historia comprendida hacia atrás: una guerra impregnada por el aroma enmohecido que exhalan la Escuela, la oficina de estado mayor en tiempo de paz o la caserna. El mundo es de quienes aman lo nuevo. Por esa razón, por haberse encontrado ante lo nuevo y no haber sabido prevenirse, nuestro mando no sólo ha padecido la derrota, sino que, como los boxeadores entorpecidos por la grasa, que se desconciertan ante el primer golpe imprevisto, la ha aceptado.
Pero que a nadie le quepa la duda de que, si hubieran cuestionado en algún momento su propio talento, nuestros jefes no habrían sucumbido con una complacencia tan culpable a ese desaliento que una sabia teología ha convertido en uno de sus peores pecados. En el fondo de su corazón, estaban predispuestos a perder la esperanza en el país que debían defender y en el pueblo que les proporcionaba los soldados. Llegados a este punto, abandonaremos la esfera militar. Es más lejos y más profundo donde hay que buscar las raíces de un malentendido demasiado grave para no contarlo entre los motivos principales del desastre. "



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