Las memorias de Blas Pavón (fragmento)José Fuentes Mares

Las memorias de Blas Pavón (fragmento)

"A esas alturas, ni Farías ni los yorkinos podían engañarse sobre la fidelidad del hombre en cuyo brazo confiaron para llevar a cabo sus planes. Era preciso aprovechar pues la última ausencia del enemigo inminente, y el 17 de diciembre mandó Farías proveer los curatos, en el ejercicio civil del patronato eclesiástico. La reacción del clero no se hizo esperar ante ese último y decidido ataque, y el 26 de enero conocimos una nota que el Cabildo metropolitano dirigió al gobierno, indicándole hallarse en la imposibilidad de prestar obediencia al decreto de marras, por considerar que sólo la Santa Sede se hallaba facultada para la provisión de los curatos. El vaso, lleno hasta sus bordes, no resistía una sola gota más. La gente se hallaba aterrorizada. Alamán, cuyas palabras reflejaron muy verazmente la opinión dominante, escribió años más tarde: «Todo cuanto el déspota oriental más absoluto, en estado de demencia, hubiera podido imaginar más arbitrario e injusto, es lo que forma la colección de decretos de aquel Cuerpo legislativo». Si así reaccionaba un hombre que, como Alamán, había viajado por medio mundo, podrá imaginarse la reacción de la gente que nunca salió de la ciudad de México.
A fines de abril, mientras Farías, desesperado, fijaba treinta días a obispos, cabildos y gobernadores de mitras para que se sometieran al decreto del 17 de diciembre, bajo pena de destierro y ocupación de temporalidades, Santa Anna volvió a la capital. Ahora sí estaba convencido de que había sonado la hora de echar su espada en la balanza. Pero lleno de socaliñas, como siempre, no dio la cara. Con su amenazadora actitud ante el Congreso dejó ver que la tormenta se acercaba, y cuando ésta llegó, bajo la forma de un nuevo pronunciamiento, en Cuernavaca, el 25 de mayo, el que diez años antes apenas jurara la ruina de los tiranos sobre las arenas de Veracruz, echó doble llave al sagrado recinto de la representación nacional. Gómez Farías tuvo que abandonar la ciudad, y a duras penas por cierto, ya que le quedaron a deber los últimos sueldos. Tomó el rumbo del norte, para ponerse bajo la protección de su amigo Viescas, de Coahuila, pero en realidad para aproximarse a Texas, donde se fortalecía la «escuela de libertad», como Lorenzo de Zavala llamaba a esa comunidad de inminentes filibusteros. "



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