Alamut (fragmento)Vladimir Bartol

Alamut (fragmento)

"La hierba que os he mostrado no es más que cáñamo indio; sabed que su zumo contiene propiedades excepcionales. Ahora voy a describiros de qué naturaleza son esas propiedades. En Kabul, hace muchos años, fui huésped, entre muchos otros, de un rico príncipe nacido en la India. El festín que nos ofreció duró toda la noche. Cuando nos marchábamos, hacia la madrugada, el príncipe retuvo a alguno de nosotros y nos llevó a una pieza secreta, completamente tapizada, suelos, paredes y techos. Algunas lámparas de luz amortiguada centelleaban aquí y allá, de forma que el lugar estaba sumido en la penumbra. «Os he preparado», anunció nuestro anfitrión, «algo especial... ¿Os gustaría visitar comarcas y ciudades que ninguno de vosotros ha conocido jamás? Mi propósito es llevaros allá ahora mismo. ¡Mirad! Tengo, encerrado en este cofrecillo, una alfombra mágica que nada tiene que envidiar a las de los cuentos de Las mil y una noches». Abrió un cofre de oro y nos mostró unas pequeñas píldoras que a primera vista podrían haber parecido inocentes bombones. «Os invito a probarlo», nos dijo. Obedecimos sin hacernos de rogar. En cuanto me puse una de aquellas bolitas en la boca, creí primero que se trataba de alguna golosina que el príncipe nos daba de aquella manera por gastarnos una broma. Pero cuando la capa de azúcar se fundió, me sorprendió el gusto amargo. «Con tal de que no sea veneno», pensé de inmediato. Y en efecto, pronto me sentí presa de vértigos. Un momento después sentí algo totalmente extraño. Los colores del tapiz de los muros me parecieron milagrosamente vivaces. No pensé más en el veneno. Toda mi atención se concentró en aquella coloración inhabitual de los muros. En seguida observé que las figuras de los tapices parecían metamorfosearse misteriosamente. En la colgadura frente a mi estaba bordada la silueta de un hombre de barba negra sentado en medio de sus odaliscas dispuestas en círculo a su alrededor. De pronto advertí que el hombrecillo había desaparecido, mientras las odaliscas se 1evantaban y se ponían a bailar. Sé que me hice la siguiente reflexión: «¡Pero no es posible, si sólo es un cuadro!». Por más que observaba atentamente los detalles del espectáculo que se me ofrecía, las odaliscas, por una extraña contradicción, estaban realmente inmóviles y bailaban a la vez. En poco rato llegué a la conclusión de que era imposible que pudiera tratarse de elementos de un simple cuadro. Los cuerpos que se ofrecían a mi vista tenían la virtud de ser maravillosamente plásticos..., el rosa de sus carnes era exactamente el de la vida: no podía seguir creyendo que fuese solamente una ilusión. "


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