Juntando mis pasos (fragmento)Elías Nandino

Juntando mis pasos (fragmento)

"Al despertar, lo noté molesto. No hubo comentarios y fuimos a desayunar. A las nueve abordamos el camión que nos llevaría a Cocula. En la calle, al ver una muchacha guapa que pasó, me dijo: "¡Pero mira qué cuerpo tan lindo! ¡Qué piernas!" "Ah, sí, muy buenas", le contesté y lo mismo hacía con cuanta hembra buena nos encontrábamos en el camino.
Su reacción me lastimaba; veía el ridículo final de mi soñado romance. Ya en mi casa, ocupamos la recámara del fondo. "¡Dos camas! ¡Qué bueno!", dijo él. Yo guardé silencio; ante su actitud, me desilusionaba. Mientras desempacaba las maletas, le iba diciendo: "Es tu casa, eres mi invitado. Puedes hacer lo que quieras. Perdóname lo de anoche. Aquí hay mujeres lindas. Haz cuanto quieras y trata de estar contento. En esta cartera hay dinero; toma el que necesites. Mañana comenzaremos a trabajar y por las noches nos divertiremos un poco".
Cuando bailaba en las fiestas me veía airoso y despectivo, como diciéndome: "Yo soy hombre. Me gustan las mujeres." Sus desdenes también aumentaron mi amor propio y así estuvimos largos días y noches. A la hora de ir a dormir, cada cual iba a su cama y, al apagar la luz —el apagador estaba de su lado—, me decía: "Buenas noches." "Buenas noches", le contestaba yo. Y en la oscuridad éramos dos inquietudes que no podían reposar en sus lechos. Toses, respiraciones fuertes, movimientos que hacían rechinar las camas y después el cansancio, el dormir intranquilo. Desdenes y presunción de machismo y en las noches dos inquietudes enemistadas que hablaban lo necesario.
El trabajo aumentaba y los días eran entretenidos y las noches sofocantes. El infierno crecía. Una vez, después del "buenas noches" acostumbrado, y las toses, respiraciones y movederas de las camas, nos quedamos dormitando. Por allá, a media noche, o al principio de la madrugada, escuché esos ruidos de los pies que truenan en el suelo, hasta sentirlos cerca de mí, y percibí cómo levantó mis cobijas y me dijo a media voz: "Yo ya no puedo", y nos abrazamos desnudos y llorando. En la ternura nació la calentura: saqué el lubricante y, con mi experiencia y mi amor resucitado, delicadamente penetré su cuerpo. Fue el milagro de mi amor y mi paciencia.
En adelante fuimos los seres más felices del mundo, y poco a poco aprendí a gozarlo y que al mismo tiempo él me gozara, hasta llegar exactos y simultáneos al orgasmo, para quedar desvanecidos y satisfechos en un remanso de quietud y de euforia. El sueño hecho sueño nos vencía. "



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