La confesión de Claude (fragmento)Emile Zola

La confesión de Claude (fragmento)

"Aquellos recuerdos son hoy para mí duros e implacables. En algunos momentos, en mi ociosidad, regresa hasta mí súbitamente algún recuerdo de aquella edad; viene hasta mí agudo y doloroso, con la violencia de un bastonazo. Siento una quemadura atravesarme el pecho. Es mi juventud despertándose dentro de mi ser, desolada y moribunda. Me cojo la cabeza con las manos, reteniendo mis sollozos; me hundo voluptuosamente en la historia de los días pasados y disfruto ensanchando mi llaga, repitiéndome a mí mismo que todo aquello ya no es y que nunca volverá a ser. Luego el recuerdo desaparece; el relámpago me atravesó y yo me quedo anonadado, sin recordar apenas nada.
Después, todavía a esa edad en la que el hombre despierta en el niño, nuestra vida cambió. Prefiero aquellas horas primeras a esas otras horas de pasión y de virilidad incipientes; los recuerdos de nuestras cacerías, de nuestra existencia vagabunda me resultan más dulces que la visión lejana de muchachas cuyos rostros quedaron estampados en mi corazón. Las veo pálidas y borrosas, en su frialdad, en su indiferencia de vírgenes: pasaron y ya no me reconocían; por eso, cuando hoy pienso en ellas, me digo que ellas no pueden siquiera pensar en mí. No sé por qué este pensamiento hace que me resulten extrañas: no hay intercambio de recuerdos, las miro como pensamientos puros, como sueños que acaricié y que luego desaparecieron.
Permitidme también recordar el mundo que nos rodeaba, aquellos profesores que eran buena gente y que podrían haber sido mejores si hubieran tenido más juventud y más amor; aquellos camaradas, los malos y los buenos, que ni tenían piedad ni tenían alma, como todos los niños. Debo de ser una criatura extraña que sólo sirve para amar y para llorar porque me he emocionado y he sufrido desde mis primeros pasos. Mis años de colegio fueron años de lágrimas. Albergaba en mi fuero interno el orgullo de las naturalezas amorosas. Yo no era amado, dado que se me ignoraba y me negaba a darme a conocer. Hoy no albergo ya odio alguno, pues veo con claridad que nací para desgarrarme a mí mismo. He perdonado a mis antiguos camaradas, a aquellos que me ofendieron, a quienes me hirieron en mi orgullo y en mi ternura. Los primeros me dieron las rudas lecciones de la vida y casi les agradezco su dureza. Entre ellos había tristes muchachos, imbéciles y envidiosos, que seguramente serán hoy imbéciles redomados y hombres malvados. Incluso he olvidado sus nombres.
¡Oh! ¡Dejad que vengan a mí los recuerdos! En esta hora angustiosa, el recuerdo de mi vida pasada vuelve con una sensación única de compasión y de arrepentimiento, de dolor y de alegría. Siento mis entrañas removerse cuando comparo todo lo que es con todo lo que ya no es. Lo que dejó de ser es aquella Provenza, esos campos amplios y abiertos inundados de sol; sois vosotros; son mis llantos y mis risas de antaño; lo que ya dejó de ser son mis esperanzas y mis sueños, mis inocencias y mis orgullos. ¡Qué pena! Lo único que permanece es este París, con su lodo; es mi habitación, con su miseria; lo que único que me queda es Laurence, es la infamia, son mis desvelos por esta mujer. "



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