El día de las grandes ganancias (fragmento), de Cuentos de ayerAlberto Gerchunoff

El día de las grandes ganancias (fragmento), de Cuentos de ayer

"Cuando salí de ese conventillo eran las cuatro de la tarde. Me encaminé al barrio Piñeiro. El hambre me apremiaba seriamente y el despecho me torturaba aún más que el hambre. Descendía el sol. A lo lejos, el río se enrojecía bajo un cielo deslumbrante y magnífico, y serenas como navíos sobre aguas tranquilas, se elevaban las cometas en el crepúsculo diáfano. La tarde se anegaba en dulzuras profundas. Tal cual vaca pacía en los huecos cercanos y tal cual enteco rocín aumentaba la suave tristeza del paisaje con su silueta nostálgica. Aquí y allá, una cara de mujer, un niño con los libros bajo el brazo agravaban la melancolía del diseño. En las chacras frecuentes, las ranas ensayaban la serenata de tonada crepuscular substituyendo violines y flautas con un largo sonar de crótalos. Palidecía el horizonte tras la selva de mástiles y los buques se abrumaban en sueños de lejanías; yo pensaba en el día de infructuosas fatigas. Se sentía derrengado y triste; pensé en la distancia que me separaba de mi casa, en la calle Corrientes, frente a Las cuatro estaciones, y de las horas que andaría aún por aquellos lugares, que iban envolviendo lentamente las sombras. Recorrí todavía muchos sitios de los barrios ralos que circundaban entonces a Barracas al Sur y emprendí la marcha de regreso.
Ya no había sol. Crucé algunos potreros y pequeños eriales, rumbo al centro de la ciudad, presa de vagos miedos, sin conocer los parajes donde no habría sido improbable un asalto.
Caminaba amodorrado el espíritu y deshecho de cansancio. Poco a poco cerraba la noche. Las fuerzas se me iban lentamente agotando. Me sofocaba el calor. La extenuación deprimía mi voluntad, tan gallarda durante toda la mañana, capaz entonces de- transponer océanos. Caminaba sin poder mantenerme en línea recta. La giba de géneros envueltos en la amplia lona, me recordaba la ignominia de la derrota y mis espaldas inundadas de quemante sudor se derretían bajo su peso. Flácidos los músculos, indóciles los pies, vacilaba como un ebrio y la cabeza ya no anidaba los sueños que en la madrugada de ese día se extendieran bajo el cielo matinal. Veía tan sólo la obscuridad que me rodeaba. De trecho en trecho un farol iluminaba trozos de ruinosa pared. Se oían cánticos y ladridos en la quietud confusa, aumentada por el río atestado y la ciudad próxima. En el umbral de una casa semiderruída, sobre cuyo tejado se lamentaba un gato con maullidos espantables que parecían quejas de mujer, un vagabundo mojaba pedazos de pan en un tarrito de líquido. El personaje me dio miedo y aceleré la marcha. Pronto me hallé en la calle Belgrano y poco después atravesaba el Puente Alsina. Todavía me separaban kilómetros de mi casa. "



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