Un hombre que se parecía a Orestes (fragmento)Álvaro Cunqueiro

Un hombre que se parecía a Orestes (fragmento)

"Eumón invitó a Egisto a hacer un viaje por la costa, ambos disfrazados de correos latinos, y dejando asegurado un relevo de avisos, no fuese a llegar Orestes durante su ausencia y hallase a Clitemnestra sola, asomada a su ventana. Tras algunas vacilaciones de Egisto, quien creía faltar a su papel ausentándose del reino, e insistiendo Eumón en que él corría con todos los gastos, quedó decidida una romería de una semana. A hora de alba salieron los dos reyes de la ciudad, Eumón en su árabe inquieto y Egisto montando su viejo bayo Solferino, y formaban el séquito los dos ayudantes de pompas de Eumón y el oficial de inventario de Egisto, elegido porque tenía montura propia, y cerraba la compañía una mula cargada con las piernas de repuesto de Eumón, conducida por un criado etíope que en las cuestas se subía encima del petate, el cual iba envuelto en una lona blanca. Que quedaba por decir que Eumón tenía, para disimular en ellas la suya achicada temporalmente, unas piernas de madera de abedul con juego de tuercas en la rodilla, todas del mismo tamaño de su pierna natural, pero con diferente hueco, correspondiendo éste al distinto bulto de la pierna, según iba creciendo, que mermar lo hacía en un día. Salieron a hora de alba, pues, los ilustres monarcas, y bajaron por el camino real a pasar el río por el vado del Sauce, eligiendo en la encrucijada el atajo que conduce, por entre colinas olivares, a la robleda grande, que quería mostrarle Egisto a Eumón el campo en donde, en los días de la arribada de Agamenón, pensaba salirle al encuentro a éste, poderosamente armado. El campo lo había, junto al pozo antiguo, pero no valía para justas que el colono lo había labrado, y tenía en aquel septiembre un maíz muy lúcido, y en su fuero interno Egisto se alegró de aquella labranza, que desde que se le había ocurrido invitar a Eumón a visitar el campo de sus posibles hazañas estaba preocupado, no fuese el tracio a pedirle una muestra de galope y desafío, que era más que posible que supusiese una caída del viejo Solferino. Decidieron continuar por el camino real, almorzando de campo el lomo embuchado y las tortillas que había preparado de su mano la propia Clitemnestra, y que eran muy del gusto de Egisto. Llegada la hora del almuerzo lo hicieron cabe una fuente, bajo unos castaños, y pusieron los vinos a refrescar en el pilón en forma de concha jacobea, en el que caía el alegre chorro y del que revertía el agua para formar un arroyuelo que se iba de vagar por los prados costaneros. Eumón, que era más bien moreno, con los repetidos tragos de las botas aparecía colorado, y se quitaba la calor abanicándose con las propias grandes orejas, lo que era cosa digna de ver. Ofreció de postre el criado etíope unas manzanas, y acordaron todos que una siesta era lo pedido. Había un mirlo próximo, que estaba poniendo en música todo aquel dorado mediodía. "


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