Los cisnes (fragmento)Manuel Mújica Láinez

Los cisnes (fragmento)

"Unas líneas suyas diluían el anonimato y equivalían a un minúsculo pero eficaz foco resplandeciente, proyectado, en la página del gran diario sobre el nombre escogido. Analicemos aquí brevemente la posición de cada uno, para evaluar la magnitud de su zozo­bra. Conocemos ya el problema de Leonardo Calzetti, a un tiempo prestigioso y acosado. Sus alumnos soñaban con que sus respectivas e inci­pientes obras figurasen en una próxima exposi­ción, en la que por primera vez tendrían que aguantar al crítico, si se dignaba comentarlas, y descontaban que su dependencia del Cubo des­cargaría sobre ellos la andanada que Sebastián no se aventuraba (aún) a dirigir contra su maes­tro. Nicolás Estévez, industrial abstracto, estaba en una situación similar a la de su novia María Teresa y a la de la amiga de ésta, Niní: ellos exhibían a menudo sus pinturas, en Buenos Aires, en Rosario, en Córdoba, en los Estados Unidos, en Francia, en Suiza, en Italia, en Inglaterra; las vendían (y sobre todo las regalaban) a parientes y a relaciones; eran objeto de glosas anodinas o exageradamente encomiásticas, en revistas mun­danas, en diarios del interior y en ciertas publica­ciones imprecisables del extranjero; pero nunca habían conseguido que Sebastián les dedicara una línea, por más que le enviaban sus espléndidos catálogos e invitaciones a los cocktails inaugu­rales, con el acompañamiento de seductores autó­grafos. Y Sonia que había sido citada, pese a la declaración altiva de Calzetti, en las críticas de los Salones Nacionales, a los que contribuía con insistencia anual— sólo había logrado que la incluyese en lánguidas listas, acoplándole, en algún caso, un adjetivo, que era más una broma inspirada por la obesidad monstruosa de sus crea­ciones, que un juicio sobre su estético nivel. De este resumen deducirá el lector la intensidad del señuelo que las entradas y salidas de Sebastián Nogales en el Palacio constituía para los men­tados. No bien se divulgó en los talleres la noti­cia de la frecuencia puntual con que concurría a la casa, se obstinaron en su acecho. Los asom­braba su constante aplicación a visitar a Leon­tina y también que hubiese desplazado a su clien­tela, pero (con más razón los que pintaban) recalcaban aquello de "sobre gustos y colores...", refiriéndose a su preferencia sexual, porque jamás de los jamases, jamás en la perra vida, aunque los hubiesen torturado, se les hubiera ocurrido que los absurdos cuadros de Leontina pudiesen ejercer una pizca de atractivo sobre el desdeñoso Sebastián. Sólo Aníbal Charlemagne conocía el secreto, y lo guardaba para sí. "


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