Mujer de aire (fragmento)Enriqueta Antolín

Mujer de aire (fragmento)

"Protegida por cúpulas de plástico crecía una selva. En mesas, en estantes, colgando de varales y de cuerdas, en el suelo... las rosas, los claveles, las margaritas, los jacintos, los amores de hombre, las glicinias y tantas otras que no sé nombrar de hojas grandes o chicas, de todos los colores y formas y tamaños, atufaban o perfumaban, que tanto da. Ya que al fin me decido a contártelo, me gustaría pedirte que imaginariamente te quedes esperándome en la puerta para que veas cómo avanzo cuidando de no estropear nada, casi de puntillas, cómo floto en túneles de luz verdosa, inhalando vapores de hojas muertas y mantengo, pese a la aprensión que poco a poco me va ganando, el porte de quien nada teme; cómo rozo con repugnancia un tallo gelatinoso y pregunto muy suave, ¿Miguel?, cada vez más lejos de la entrada, cada vez más perdida, más voluntariamente perdida, ¿Miguel?, pero ahora llegamos al pasaje en el que ya no hay papel para ti porque estás demasiado ajeno, por eso, compréndelo, nunca he podido contártelo hasta ahora, porque ahora no te lo estoy contando, sólo estoy soñando que si pudiera sentarme en esta cama y tuviera fuerzas te escribiría una carta para decirte todo lo que se me ha ido quedando atravesado en la garganta o en el corazón, no sé muy bien, a lo largo de tantos años de silencios forzados, total para qué darle un disgusto si mañana salgo de viaje o él se va de gira, para qué tratar de asuntos serios si ésta es nuestra última noche hasta pasadas semanas que a lo peor son meses, mejor vayamos al teatro, cenemos con amigos, salgamos a bailar, hagamos el amor.
Yo no te lo pedí, pero tú volviste a mí, roto el compromiso que nos separaba. Me habías elegido una vez más, me decía tu abrazo al que yo, incrédula, no respondía con la fuerza que me estabas pidiendo. Estás loca, repetías, trayendo a la memoria aquel momento en que te dejé solo y boquiabierto en el café. Querías saber dónde fui, cómo era posible que, pese a que saliste detrás de mí sin siquiera pagar, ya hubiera desaparecido; por dónde anduve toda la tarde, por qué no contestaba al teléfono, por qué apenas pusiste los pies en mi portal apareció Petra para disfrutar comunicándote que de mí, ni rastro. Tienes razón, no hay quien la aguante.
Por eso me callé, aunque desde que conseguiste ablandarme para que cediera a un reencuentro me había propuesto contártelo todo. Y no por lealtad, ya ves, para que asumieras tu parte de sufrimiento, para nivelar la balanza. Pero no pude. Al final, ganaste la partida. Me envolviste en tus risas y tus trucos. Cantaste, recitaste, me enredaste, jugaste con todos los tiempos de los verbos más dulces y me dejaste fuera de combate. Como siempre.
No debí dejarme seducir. Debí contarte, aunque te hubieras resistido a escucharlo, que, poco a poco fue haciéndose tarde, yo seguí paseando por las veredas de aquel jardín que tanto podía ser el cielo como el infierno, y en toda aquella eternidad no apareció nadie. Hasta que de pronto —y yo acababa de decir ¿Miguel?, una vez más, pero ya sin ninguna esperanza— se me apareció el ángel.
Salió de entre un macizo mareante de alhelíes, y cuando proyectó sobre mí la luz blanca de su espada me di cuenta de la oscuridad que había a mi alrededor. También él pareció sorprendido de verme, pero ni él ni yo nos asustamos. Llevaba el pelo negro largo y lacio, escondía sus túnicas detrás de un mandil de cuero y sonreía. Tenía la cara morena y aplanada, los ojos achinados y los brazos llenos de claveles que puso entre mis manos, frotó por mi cuello y luego, cuando yo hube desabrochado mi vestido, por mis hombros, mi pecho y mi cintura, y su cuerpo no era apenas pesado y yo veía un mundo verde colgando sobre mí del revés, y entre las ropas se me quedaron líquenes y tierras húmedas que aparecieron después flotando en la bañera, cuando regresé en un taxi libre que estaba en la puerta, como esperándome, y yo respondí con la mano al adiós que me llegaba desde las tinieblas y en un segundo me encontré en casa sin saber ni de dónde venía ni con quién había estado, ni siquiera qué había hecho, pero sobre la mesita del salón quedó desparramado, para dar testimonio del milagro, el ramo de claveles que el ángel me había regalado, y aún oía a Petra, zumbona: ha venido tu novio buscándote; menudo humorcito se gasta el caballero, maja.
Si en enero me llegan a decir que ocho meses más tarde iba a estar donde estoy, no me lo creo. No sólo me refiero a esta habitación que ya empieza a parecerse a una pesadilla, sino, y sobre todo, a donde estoy contigo.
En enero brindamos por el año nuevo, feliz 1980, nos deseamos con té hirviendo con hojas de menta en el café de Ahmed, ¿ves qué buena memoria tengo?, en una de aquellas callejuelas de la Medina, lejos del bullicio de los turistas que recorren en grupo los palacios y las mezquitas. Claro está que para nosotros el Cuerno de Oro y Estambul son como una finca secretamente nuestra, o al menos con esos aires de propietarios nos paseamos por su hermosura, agarrados del brazo. Todavía no has visto las fotos que nos hicimos, tres carretes al menos, noventa fotos en las que estás tú solo, muy guapo, bien centrado y enfocado, y unas treinta en las que aparezco yo, si es que soy yo aquella mancha desvaída que se adivina unas veces pegada y mutilada en una esquina, otras estampada contra el cielo, casi siempre confundida entre la multitud. Hacer de cada toma una sorpresa es una misteriosa habilidad tuya, la única, desde luego, en relación con la fotografía. "



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