Entre el ayer y el mañana (fragmento)Kurt Tucholsky

Entre el ayer y el mañana (fragmento)

"Ah, no sólo las cosas de ahora. Eso es exactamente tan triste como todo el resto en este maldito mundo prusiano. No, El lago de Plötzen es el título de un pequeño volumen, publicado anónimo, que actualmente está agotado y que describe en tono plácido y burgués el mundo de la delincuencia de la paz pasada. Naturalmente de forma incorrecta… Dios nos valga. Todo lo que en este libro debería ser serio está irremediablemente edulcorado, el autor desconoce las conexiones sociales entre la economía y la prisión, y seguro que las cosas no iban tan gentil y amistosamente en la paz pasada como se describen en este librito. Pero, pero…
Pero en el libro está Berlín. Seguramente lo escribió uno que no escribe nunca, y ésos son los que a veces encuentran mejor el colorido local, mucho mejor que cualquiera de nosotros. (Posteriormente he leído otras historias del autor de este pequeño volumen, en las que se daba a conocer como «autor de El lago de Plötzen»… eran horribles, porque eran inventadas). Lo de aquí, en cambio, lo vio todo… por lo visto, el hombre estuvo en la cárcel por alguna nimiedad, lo que puede suceder fácilmente considerando que el reparto de penas en este país parece una lotería… y tomó nota.
Permítaseme pues que prescinda de la parte seria… pero impresiona cómo reproduce la parte divertida. La dicción del berlinés en los discursos es magnífica —al berlinés le gusta hablar y mucho—; eso sólo lo ha sabido escuchar Hyan en sus mejores tiempos. Los mejores pasajes son aquellos donde los personajes se ponen a filosofar sobre una pelea, la prisión o la vida en general. «Sí», dijo éste, «así es la gente. Fuera están contentos si tienen un cobijo y pueden tomar café con los amigos en el café de Knitschke como siempre, ¡y aquí dentro siempre tienen algo que “reclamar”!». O las anécdotas históricas. «Una vez, cuando un novato recién llegado le preguntó a un compañero de celda y viejo ciudadano honorífico por la calidad de la comida, éste le llevó en silencio a un rincón de la celda, donde había un pequeño agujero en el suelo, y dijo: “Eso son los guisantes”. Y cuando el otro se lo miró sorprendido, añadió: “Aquí escupió uno un guisante de la comida y el resultado es ese agujero en el suelo”. Después le enseñó una gran mancha en la pared y dijo de nuevo: “Eso es el queso”. Esta misteriosa sentencia la explicó así: “Una vez por semana nos dan un quesito para cenar, lo usamos para hacer puntería en la pared. La mayoría de las veces se queda ahí pegado”».
Cada palabra es edificante. Porque el berlinés, especialmente el de viejo estilo, escoge sus palabras con mucho cuidado y cuando produce el efecto más extraño es cuando insulta a alguien, entonces suena la terminación en e de la forma culta del dativo especialmente graciosa. Pero la historia más bonita es la del «Karl del queso», que lo hace todo «siempre con calma». «Siempre con calma…». «Ya sabe usted», le decía a un novato, un «recién ingresado», «a tratar con la gente de aquí, es lo primero que hay que aprender. La mayoría están tan tocados del ala, que sería una irresponsabilidad de la policía que los dejaran circular libremente por la calle. Por cualquier cosa se ponen por las nubes: por lo que habrá mañana para comer, por la chaqueta que uno lleva y por tonterías así. Una persona razonable no debe hacer eso. Aquí las cosas deben hacerse con calma. Mire usted, es el caso de mi amigo Orje Bergmann, el de los ocho años. Cuando llegó —entonces yo casualmente también estaba aquí— le dije: “¿Qué hay, Orje?”, le dije, “¿cuánto te han metido ahora?”, “Puede pasar, Karl”, me dijo, “total ocho años”, “Ah”, dije con mi calma, “¡así saldrás ya pronto!”». Siempre con calma.
Así es el delincuente desde la perspectiva del ciudadano. El desgraciado al que el policía, el representante del orden, mete en el agujero y que siempre está un poco borracho y siempre comete algún delito. Pero, a fin de cuentas, hay mucho de verdad en lo que dice. ¡Y la falta que hacen libros así…! En inglés y también en inglés americano hay muchos más: libros que sin lujos literarios describen cómo viven los pescadores o los fogoneros de los grandes barcos de vapor, su humor o su tarea diaria, sus trifulcas y sus mujeres. Pero eso nada tiene que ver con el arte. Aquí los folletinistas se han adueñado de esas cosas y todo queda en nada. Leed este librito, El lago de Plötzen, y os van a entrar muchas ganas de leer otras cosas así. Pero actualmente está agotado. Y porque está agotado, lo he contado aquí. "



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